Seguro la has escuchado más de una vez. Es de esas frases que se te quedan flotando en la cabeza y, cuando por fin te detienes a masticarla, te deja un sabor amargo en la boca: «Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen».A simple vista suena dura, casi cruel. Uno tiende a rebelarse de inmediato: «¡Oye, espérate! ¿Cómo que me merezco a este corrupto, a aquel abusador o a este cinicazo que se llena los bolsillos con nuestros impuestos?». La reacción natural es hacerse el indignado. Nos encanta rasgarnos las vestiduras, insultar a los políticos en la mesa dominical, lanzarles sapos y culebras en redes sociales y tratarlos de lo peor. Y ojo, no es que no se lo tengan merecido; se ganan a pulso cada epíteto.
Pero si hacemos una pausa, nos lavamos la cara y miramos el asunto con objetividad, llegamos a una conclusión bastante más escalofriante: nos fascina atacar al síntoma para no hacernos cargo de la enfermedad. Nos descargamos con gusto contra el tirano de turno, pero pasamos de puntillas sobre los verdaderos responsables de que ese sujeto esté anclado en el palacio presidencial. Porque nos duela o no, los políticos no bajan de una nave espacial ni nacen de una mata de plátanos: salen de nuestra propia sociedad, y son colocados ahí por la suma de nuestros votos.
Suelo pensar que una jornada electoral es, en el fondo, una radiografía moral y cultural de un país. El resultado de una votación dice muchísimo más de los electores que de los elegidos. Piénsalo un segundo. Los candidatos son lo que son: promotores de promesas baratas, actores de campaña, cazadores de poder. Mienten, bailan en los mítines, prometen puentes donde ni siquiera hay ríos. Eso ya lo sabemos, no es ninguna sorpresa. Lo escalofriante no es que el demagogo venda humo; lo verdaderamente aterrador es que haya millones de personas dispuestas a comprarlo con los ojos cerrados. El votante no es una víctima inocente engañada por un truco de magia infantil. En pleno siglo XXI, con el conocimiento y la información en la palma de la mano, la ignorancia o la ingenuidad son, en el mejor de los casos, una decisión consciente; y en el peor, una negligencia cómplice. Cuando un pueblo eleva a un sátrapa a las alturas olímpicas del poder, no está ocurriendo un accidente. Ocurre una transacción. Y esa transacción refleja los valores, los miedos, las miserias o la pereza de la ciudadanía que apretó el botón o marcó la casilla.
¿Cómo es que terminamos dándole las llaves de la casa al ladrón? Hay varios caminos, y ninguno nos deja muy bien parados, aquí es donde aparecen los caminos de la complicidad electoral:
El voto por conveniencia (el "qué hay para mí"): Es el cliente que cambia su futuro y el de sus hijos por una bolsa de comida, un puesto público de tercera categoría o una promesa de favor personal. Aquí el elector sabe que el candidato es un tramposo, pero piensa: «Es un corrupto, pero es MI corrupto». El voto de aficionado de fútbol: Gente que apoya a un partido como si fuera el equipo de sus amores. No importa si el candidato robó, si tiene procesos judiciales o si arruinó la economía en su gestión anterior; lo importante es que "los míos" le ganen a "los otros". Se vota con las vísceras, sin un gramo de juicio crítico. El voto del desinterés: Aquellos que dicen "todos son iguales" y entregan su decisión al primer eslogan pegajoso o al político que mejor baila en TikTok. Votar sin investigar es como firmar un contrato a ciegas y luego quejarse porque te embargaron la casa. El sesgo de la viveza criolla: En el fondo, muchos votantes admiran en secreto la astucia del corrupto. Piensan que ser honesto es de tontos y que el político que "mueve influencias" es un listo. Elegimos a líderes que reflejan esa trampa cultural que llevamos dentro. Nos hemos vuelto expertos en el arte del victimismo, nos retratamos como víctimas perfectas. Es comodísimo poner cara de angustia, encogerse de hombros y decir: «¡Qué desgracia de gobernantes tenemos!». Nos libera de toda culpa. Nos permite sentirnos superiores, éticos e inmaculados mientras el país se desmorona. Pero la cruda realidad es que nadie llega al poder solo. A esos sátrapas no los coronó un rayo divino. Los coronó el señor de la esquina que vendió su voto, la profesional que no se molestó en leer el plan de gobierno, el joven que prefirió quedarse durmiendo la resaca el día de la elección y el fanático que justificó lo injustificable porque el candidato era de su ideología. Lloriquear después de haberlos encumbrado es, francamente, de un cinismo colosal. Es como invitar al zorro a cuidar el gallinero, irte a dormir y al día siguiente armar un escándalo porque no quedan gallinas. ¿De verdad esperabas un resultado distinto?
La democracia tiene muchos defectos, pero posee una virtud implacable: es un espejo nítido. No te muestra cómo te gustaría ser, te muestra exactamente lo que eres como sociedad. Si en el poder hay gente vulgar, inculta, rapaz y mentirosa, es porque esas conductas están toleradas, normalizadas o incluso aplaudidas en la vida cotidiana de la gente común. El político corrupto no es un alienígena; es el vecino que se cuela en la fila, el comerciante que estafa con el peso, el ciudadano que paga la mordida al policía para evitar la multa, pero con presupuesto estatal. Si de verdad queremos un cambio, tenemos que empezar por tragarnos el orgullo y reconocer nuestra cuota de responsabilidad. Mientras sigamos tratando a los candidatos como mesías y a nosotros mismos como pobres víctimas indefensas, el ciclo de la mediocridad se va a repetir una y otra vez. Es hora de madurar como ciudadanos. La próxima vez que veas a un gobernante cometiendo una barbaridad y sientas el impulso de insultarlo en la televisión o en tu teléfono, haz una pequeña pausa. Recuerda que ese personaje está ahí porque miles o millones de personas que caminan por tus mismas calles votaron por él, o porque otros miles decidieron que no valía la pena ir a votar. El poder no se regala; lo entregamos nosotros. Y hasta que no entendamos que el voto es una herramienta de alta responsabilidad y no un cheque en blanco ni una tarjeta de concurso, seguiremos atrapados en la misma historia. Dejemos de llorar por los gobernantes que tenemos y empecemos a preocuparnos por la clase de electores que somos. Al final del día, los pueblos no solo tienen los gobiernos que se merecen; tienen, sobre todo, los gobiernos que sus votantes están dispuestos a tolerar.
MACH
01.09.26
