Y aquí estamos otra vez, metidos en el mismo bucle sin fin. Parece un guion repetido con mala intención. Basta mirar un poco hacia atrás en Honduras para sentir un deja vú amargo: un gobierno saliente aguantando el vendaval de un ataque mediático feroz, orquestado desde las trincheras de siempre. Las cúpulas de siempre —esa alianza no escrita entre la élite empresarial, política y religiosa— muestran los dientes porque sintieron que les tocaron el bolsillo o, peor aún, que dejaron de ser el ombligo del mundo. La paradoja es casi poética, si no fuera porque duele en el día a día: cuando un gobierno comete el «craso error» —tal como advertía Maquiavelo en El Príncipe— de intentar gobernar recostándose en el pueblo y no en los poderosos, las élites no perdonan. Maquiavelo lo dejó clarísimo hace siglos: quien se apoya en los grandes se sostiene sobre arena movediza, porque ellos siempre quieren más de lo que se les puede dar sin oprimir al resto; en cambio, el pueblo solo pide una cosa básica: que no lo opriman. Pero cuando el poder busca sintonizar con la base, los de arriba despliegan toda su artillería mediática para convencer al hambriento de que quien le ofrece un plato de comida es, en realidad, su enemigo. Ahora bien, la pregunta del millón, la que a cualquiera le saca canas verdes y revolvimiento de estómago, no es por qué los poderosos defienden sus pingües negocios. Eso es predecible, casi instintivo en la ambición humana. La verdadera incógnita, la que quita el sueño a cualquiera que tenga dos dedos de frente, es otra: ¿por qué la masa empobrecida, el ciudadano de a pie que sufre el transporte público arruinado, la canasta básica por los cielos y el hospital sin medicinas, termina haciendo fila para aplaudir a sus propios verdugos? Para entender este fenómeno sin caer en la tentación fácil de decir simplemente que «la gente es tonta», hay que meterse en los pasillos de la psicología social. Fue hasta que me topé con la Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner en los años 70, que las piezas del rompecabezas empezaron a encajar con una claridad tan escalofriante como reveladora.
La trampa de la pertenencia: Antes muertos que solos
Tajfel y Turner no estaban pensando en la política hondureña cuando armaron su teoría, pero vaya que la describieron al detalle. Básicamente, lo que estos psicólogos demostraron es que los seres humanos no somos entes aislados que tomamos decisiones frías y calculadas en una hoja de Excel. Somos animales comunitarios. Necesitamos, con una urgencia casi biológica, sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. La Teoría de la Identidad Social explica que nuestra autoestima se construye en gran medida a partir de los grupos a los que pertenecemos: nuestro "ingrupo" (los míos) en oposición a los "outgrupos" (los otros). Y aquí viene el nudo del asunto: cuando la vida cotidiana te niega victorias individuales —cuando el trabajo no alcanza, cuando la educación no te abrió puertas, cuando la movilidad social es un chiste de mal gusto—, la necesidad de validación se traslada completita a la identidad grupal. Si la vida no te da logros propios de los cuales sentirte orgulloso, te aferras con uñas y dientes a los triunfos, aunque sean ficticios, de tu grupo. Y si ese grupo es un partido político, una secta, un club o una bandera, la lealtad deja de ser una opción racional y se convierte en un salvavidas emocional. Ahí es donde el corrupto gana la partida antes de jugar. La necesidad de pertenecer y ser validado por la tribu es tan jodidamente poderosa que termina aplastando el sentido común. El de abajo prefiere dar por bueno el chanchullo del líder con tal de no perder su carnet simbólico de pertenencia. Aceptar que el líder de tu partido es un delincuente no es solo admitir un hecho político; para la psique de un militante, equivale a admitir que él mismo ha sido un tonto, que su tribu es una cueva de ladrones y que su propia identidad no vale nada. Y el cerebro humano hará acrobacias mentales increíbles antes de permitirse sentir semejante nivel de humillación.
El sesgo del militante: Aceptar la podredumbre por dentro, negar el grito por fuera
Esto lo vemos a diario en la calle, en los chats de WhatsApp familiares y en las mesas de café. Hablemos con la verdad: el militante de a pie no es ciego. Salvo excepciones de fanatismo extremo, la mayoría sabe perfectamente hacia dónde se van los fondos públicos. Por dentro, en el fuero interno, aceptan la verdad. Saben que el diputado por el que votaron se enriqueció de la noche a la mañana, ven las casonas, los carros del año y la impunidad descarada. Lo aceptan en silencio, con un suspiro resignado o una mueca de cinismo. Pero hacia afuera... ah, hacia afuera la historia es otra. Hacia afuera se activa la famosa "identidad de cuerpo". Es exactamente el mismo comportamiento que se observa en las estructuras policiales o militares. Dentro del cuartel o de la delegación, todos conocen al compañero que cobra la extorsión, al superior que se queda con el presupuesto del combustible o al que abusa del poder. Pero frente al juez, frente a la prensa o frente a la ciudadanía, la consigna es el silencio sepulcral y la defensa a ultranza. Romper filas es el pecado capital. El que habla es un traidor; el que denuncia es expulsado del paraíso del grupo y arrojado a la soledad. En la política partidaria pasa exactamente lo mismo. El militante niega la evidencia más descarada de corrupción no porque crea genuinamente que su líder es un santo bendito, sino para evitar que la sociedad lo catalogue a él como cómplice o miembro de una banda de criminales. Es un mecanismo de defensa psicológico: si acepto que mi partido está podrido, acepto que yo soy parte de la podredumbre. Por lo tanto, prefiero gritar que todo es un «ataque de la oposición», una «persecución política» o una «invento de los medios», antes que mirar al espejo y reconocer la realidad. La actitud crítica dentro de estos colectivos no es solo escasa: está castigada. Cuestionar al jefe es poner en riesgo la cohesión de la tribu. Y en un país donde las oportunidades son escasas, estar fuera de la tribu significa quedarse congelado en la intemperie social y económica.
El festín de las cúpulas a costa del orgullo ajeno
Mientras este drama psicológico se juega en los barrios y colonias, las cúpulas miran el espectáculo desde sus torres de cristal, frotándose las manos. Saben usar la psicología de masas mejor que cualquier académico. Conocen la vulnerabilidad del ciudadano común y la explotan sin el menor remordimiento. Para las élites —esas que han mantenido a Honduras como su finca privada durante décadas—, no hay nada más peligroso que un pueblo que piense en términos de clase o de derechos universales. Por eso, su estrategia favorita es la polarización tribal. Les conviene que la gente se defina como «rojos», «azules» o «amarillos» antes que como ciudadanos despojados de sus derechos elementales. Cuando un gobierno intenta romper esa dinámica y busca estructurar políticas públicas dirigidas verdaderamente al bienestar colectivo, el sistema entero enciende las alarmas. El poder mediático, financiado por los grandes capitales y bendecido en no pocas ocasiones desde los púlpitos, activa la máquinaria mediatica. Crean narrativas del miedo, manipulan símbolos patrios o religiosos y le dicen al poblador empobrecido: "Cuidado, que te van a quitar lo poco que tienes", cuando en realidad son ellos los que le han quitado todo durante generaciones. Y el ciudadano, atrapado en su necesidad de validación y atenazado por el miedo a la exclusión, termina marchando codo a codo con el empresario que evade impuestos, con el político que saqueó el seguro social y con el líder religioso que vende milagros y profecias a cambio de diezmos de miseria. Se da el fenómeno grotesco del oprimido protegiendo el privilegio del opresor, creyendo sinceramente que al hacerlo está defendiendo su propia dignidad.
Romper el hechizo: De la tribu a la ciudadanía. Partidarios o cómplices!
¿Hay salida a esta trampa mental? La hay, pero el camino es largo y pasa por un proceso doloroso de desaprendizaje. El primer paso es entender que la lealtad política no es una virtud cuando se convierte en complicidad. No le debemos lealtad a los colores de un partido, ni a la figura de un caudillo, ni a la marca de un grupo. La lealtad, en una democracia sana, se le debe a los hechos, a la ética y al bienestar colectivo. Necesitamos empezar a separar nuestra autoestima personal de las siglas de una organización política. El día que el ciudadano común entienda que señalar la corrupción de sus propios líderes no lo convierte en un traidor, sino en un patriota con criterio, las cúpulas perderán su arma más poderosa. El verdadero orgullo no se encuentra en ondear la bandera de quienes nos han sumido en la miseria para sentir que pertenecemos a algo. El verdadero orgullo nace cuando tenemos la valentía de decir: "Esto está mal, lo haga quien lo haga". Mientras no demos ese paso, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso, viendo cómo los de arriba se reparten el pastel mientras los de abajo peleamos por las migajas, aplaudiendo con entusiasmo al mismo tipo que nos está sacando la billetera del bolsillo.
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MACH
17.08.26
