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miércoles, 26 de agosto de 2026

El famoso censo- cuando la paranoia de unos se convierte en la pesadilla de Juan Pueblo

 Dicen por ahí que "el pez por su boca muere", pero en la política catracha la frase aplica al suave: los humanos, en ese afán desenfrenado por sobresalir y aparentar que nos las sabemos todas, soltamos cada barbaridad por la boca de la que después terminamos siendo completitos esclavos. Prometemos villas y castillos, señalamos con el dedo, nos rasgamos las vestiduras como en obra de teatro barato y, al final, la realidad nos explota en la mera cara. ¿Se acuerdan de la cantaleta de hace un par de años? Los críticos de siempre, esa manada de zombis que solo saben repetir como loros los guiones que les mandan los de arriba —los mismos que le sacan el jugo al poder y se dan la gran vida a costillas del pueblo—, salían a la calle pegando el grito en el cielo. Decían a voz en cuello, echando espuma por la boca, que el gobierno anterior era comunista. Juraban por la Virgencita que el plan maquiavélico número uno era convertir a Honduras en una segunda Cuba, tomándose el control de los tres poderes del Estado y metiéndonos la doctrina hasta en la sopa. Pasó el tiempo, terminó ese gobierno y la famosa "amenaza cubana" jamás se materializó. Mucha bulla y pocas nueces. Ah, pero la verdadera sorpresa venía guardada bajo la manga. Lo que sí ocurrió —y nos cayó como balde de agua helada— fue lo que vimos apenas entró la nueva administración. Una maquinaria bien engrasada, fina para el mandado, empezó a mover sus piezas. Sin pena ni gloria, empezaron a desechar una por una las imputaciones de cargos por narcotráfico a todos los socios, aleros y compadres del deleznable indultado. De la noche a la mañana, los que antes tenían un pie en la cárcel terminaron limpios como una patena. Una jugada maestra del cinismo político. Pero no nos engañemos, la cosa no se detuvo ahí. En su afán de superar cualquier libreto autoritario, estos personajes no se conformaron con la idea de parecerse a Cuba; decidieron superarla con creces. ¿La nueva brillante idea? Diseñar un censo. Un supuesto censo "poblacional, social y económico" vendido con serpentinas, bombos y platillos. Y como siempre pasa en esta tierra del indio Lempira, Juan Pueblo no entiende. Y la verdad sea dicha: ¡nunca entiende! Juan Pueblo sigue cayendo en la misma trampa, sin darse cuenta de que de estos sátrapas, de la gente que está encaramada arriba comiendo con cuchara grande, jamás de los jamases va a salir algo bueno para los de abajo.

Nos lo quieren vender como la panacea, el proyecto que por fin va a sacar del estancamiento a las comunidades olvidadas. Nos dicen con cara de compungidos que necesitan recolectar datos para "focalizar el desarrollo", llevar el agua potable, pavimentar la callecita y mejorar las escuelas. Pura paja procesada. Lo que está debajo de la alfombra es algo mucho más oscuro y calculadamente mañoso. Entre los verdaderos objetivos de este juguetito censal está algo muy concreto: georreferenciar. Sí, así como lo oye. Quieren la dirección exacta, con coordenadas de satélite, de los opositores políticos. Quieren saber en qué casa duermen, qué comieron hoy, qué posesiones tienen y en qué esquina exacta están ubicados. Nada de esto es casualidad; es el mapeo detallado del enemigo interno para tenerlo agarrado del cuello al menor intento de protesta. Pero la peinada no es solo para la gente metida en política. La red es tan ancha que salpica a cualquiera. Este censo lleva dedicatoria especial para aquellos que un día, ahogados por la necesidad, la falta de empleo o una emergencia médica, tuvieron que ir a meter la cabeza a un banco a pedir un préstamo y que, por las vueltas duras que da la vida, no pudieron seguir pagando las cuotas. Se busca localizar al endeudado, al que debe la tarjeta, al que le debe a la financiera de la esquina. No nos engañemos: este censo no es para repartir la riqueza ni para ver dónde se construyen más hospitales. Es, ni más ni menos, un arma política y financiera diseñada milimétricamente para jorobar aun más a los de abajo, a los que de por sí ya llevan la carga más pesada sobre sus espaldas.

Hablemos claro y a calzón quitado : ¿Es cierto que en Cuba tienen localizado y chequeado a todito el que vive en la isla? Claro que sí, es innegable. Pero, ¡un momento! ¿Acaso no pasa exactamente lo mismo en Estados Unidos y en un montón de países desarrollados? En Norteamérica y en Europa los gobiernos saben hasta a qué hora saca usted la basura, qué compró en el supermercado con la tarjeta y dónde está parado su teléfono en este preciso segundo. Aquí es donde brinca la hipocresía descarada del discurso político. El control social y la vigilancia masiva solo son "malos" y "dictatoriales" cuando los aplican países de izquierda. Ahí sí brincan los analistas en la televisión, los periódicos sacan portadas alarmistas y los señores de saco y corbata se llevan las manos a la cabeza clamando por la libertad. Ah, pero cuando la misma vigilancia, la misma georreferenciación y el mismo control lo ejercen los grupos de derecha para su propio beneficio económico y político... ¡mágicamente la cosa cambia! En ese momento, lo que en un lado era censura y persecución, en el otro se convierte en una panacea, en modernización, en mana que cae directamente del cielo para mantener la "seguridad institucional". La doble moral a su máxima expresión: lo que en el vecino es dictadura, en mi casa es "orden y progreso".

Mientras los de arriba juegan al ajedrez geopolítico, los de abajo siguen en el mismo calvario de siempre. El censo pasa a ser una herramienta de doble filo: por un lado, le sirve a los políticos para saber a quién ir a apretar en las próximas elecciones y a quién condicionarle la bolsa solidaria o el bono; por el otro lado, le sirve al sistema financiero para caerle encima al ciudadano que apenas logra juntar para los frijoles y la masa. Es trágico ver cómo el ciudadano de a pie se deja llevar por el miedo que le meten en los medios de comunicación. Le metieron tanto pánico con el cuco del comunismo, le dijeron tanto que venían a quitarle la casita y el carro, que no se dio cuenta cuando, por la puerta trasera, la derecha recalcitrante le instaló el mismo sistema de control, pero empaquetado con cinta de regalo y discurso de libre mercado. Los sátrapas de turno cambian de color, de bandera y de eslogan, pero el método de sometimiento sigue siendo exactamente el mismo: Asustar con el fantasma ajeno para que la gente no mire los robos del presente. Amnistiar a los socios del negocio mientras las cárceles se llenan de pobres. Controlar la información del pueblo para saber exactamente dónde apretar el tornillo cuando la gente quiera protestar.

Al final del día, lo que queda al descubierto tras la cortina de humo de este censo es nuestra tremenda incapacidad como sociedad para cuestionar a los que mandan. Nos conformamos con la versión oficial, firmamos el formulario del censista con una sonrisa nerviosa y nos consolamos pensando "el que no la debe, no la teme", sin entender que en este juego político la deuda la inventan ellos y el temor nos lo aplican a todos por igual. Las necedades que dijeron en el pasado los volvieron esclavos de sus palabras, sí, pero la factura no la pagan ellos en sus mansiones con seguridad privada. La factura la paga Juan Pueblo cuando le tocan la puerta para pedirle hasta el número de DNI de la abuela, con la promesa vacía de que "ahora sí viene el cambio". El censo ya está rodando y la maquinaria no se va a detener. La pregunta que nos queda hacernos en el barrio, en la aldea y en la colonia es: ¿hasta cuándo vamos a seguir sirviendo de peones en un juego donde las reglas las ponen los de arriba para amolar a los de abajo? Porque mientras sigamos creyendo en santitos de madera, nos van a seguir contando, georreferenciando y fichando... uno por uno.

Que piensa usted de esto? 

MACH

26.08.26


miércoles, 19 de agosto de 2026

Del púlpito al solio: La eterna trampa del poder y la fe

 Nos vendieron la idea de que la democracia moderna es el triunfo de la razón y la libertad. Nos dijeron que la separación entre la Iglesia y el Estado era un hecho consumado, un pilar indestructible del progreso. Pero si abrimos los ojos y miramos la jugada con un poco de picardía y sentido común, nos damos cuenta de que nos están haciendo la trampa del siglo. La alianza entre los que mandan y los que rezan no es una novedad del mes pasado: es el negocio más viejo del mundo, una jugada perfecta que lleva milenios funcionando a pedir de boca. Desde que el ser humano inventó las primeras cadenas en la época del esclavismo, los dueños del dinero y de las tierras entendieron algo fundamental: la fuerza bruta sirve para amedrentar, pero la fe sirve para domesticar. Un látigo te rompe la espalda, pero una buena prédica te rompe la voluntad. Así nació esta sociedad ilícita donde el gobernante pone las leyes y el sacerdote pone el perdón divino. En los albores de la historia, la diferencia entre el trono y el altar simplemente no existía. El rey gobernaba porque “Dios lo quería así”, y el cura bendecía la corona a cambio de una tajada del pastel. Avanzamos hacia el feudalismo y la cosa no cambió ni un milímetro: señores feudales y obispos se repartían el sudor de los campesinos con la misma frialdad. Llegó el capitalismo con sus discursos de modernización, libertad de mercado y derechos individuales, pero la vieja costumbre de sentarse a la mesa del poder siguió vivita y coleando. El menú cambió, pero los comensales siguen siendo exactamente los mismos.

El matrimonio perfecto: Capitalismo y 'sucedáneos de Dios'

Durante un tiempo, las élites intentaron disimular el romance. Después de todo, el sistema económico actual es incapaz de garantizarle comida, vivienda y dignidad a la mayoría de la gente. Para que unos pocos vivan como reyes en sus palacios de cristal, la gran masa tiene que apretarse el cinturón y aguantar el hambre. ¿Cómo mantienes a millones de personas trabajando por sueldos de miseria sin que armen una revolución cada lunes? Ahí es donde entra la religión institucionalizada, cumpliendo el rol del anestésico perfecto. Hoy en día, el brazo derecho del poder político en Occidente es un híbrido de lo más conveniente. Por un lado tenemos al catolicismo tradicional y a la rama ortodoxa; por el otro, a ese fenómeno inflado y ruidoso que son las sectas y movimientos evangélicos. Estos personajes, que se presentan como los únicos y legítimos voceros de Dios en la Tierra, se han convertido en el motor ideológico de la derecha más rancia. Se pasean por los pasillos de los congresos, se toman fotos con presidentes corruptos y negocian votos a cambio de exenciones fiscales y favores políticos. Son los perfectos peones de la democracia representativa: mantienen a la gente tranquila, adormecida y alineada con los intereses de las élites financieras.

La estafa teológica del sometimiento

El truco de magia que utilizan estos predicadores de feria es tan viejo como efectivo. Han tomado la fe de la gente humilde y la han convertido en una herramienta de extorsión emocional y política. Su argumento estrella para justificar la tiranía y la desigualdad se resume en una frase que repiten hasta el cansancio: “Toda autoridad es impuesta por Dios”. Según esta lógica retorcida, si el gobernante de turno te quita la salud pública, te sube los impuestos y privatiza hasta el agua que tomas, no tienes derecho a protestar. Quejarte contra la injusticia social es, según ellos, rebelarte contra la voluntad divina. Así de fácil desarman cualquier intento de organización comunitaria o protesta ciudadana. Para rematar la faena y consolidar la resignación, sacan a relucir su interpretación conveniente de las escrituras: “Bienaventurados los pobres, porque ellos recibirán la corona de victoria”. En resumen, el mensaje que transmiten desde sus suntuosos templos es claro: acepten la miseria en este mundo, aguanten el hambre y la explotación con una sonrisa en la cara, porque allá en el cielo les tienen guardada una nube bonita y una arpa plateada. Es una estafa monumental. Mientras los pastores y obispos de la prosperidad acumulan riquezas, viajan en jets privados, usan trajes de diseñador y viven como auténticos reyes de la antigüedad, le exigen al trabajador de a pie que entregue el diezmo de lo poco que le queda y que acepte su pobreza con santa resignación.

La máquina de hacer pobres

Mientras este teatro bufo se representa en los templos y en las pantallas de televisión, los políticos de derecha que se llenan la boca hablando de "libertad", "familia" y "democracia" hacen su trabajo sucio tras bambalinas. Se hacen con el control de las instituciones, desmantelan los derechos laborales y apresuran a marchas forzadas la fábrica de generar pobreza. Hay que reconocerles algo: si en algo son ridículamente eficientes la democracia liberal y el capitalismo salvaje, es en multiplicar la miseria. Necesitan una masa empobrecida, desesperada y dispuesta a aceptar cualquier trabajo miserable con tal de llevarse un mendrugo de pan a la boca. Y para que esa masa no se levante en armas y quiebre el sistema, ahí están los sacerdotes y pastores del régimen, listos para aplicar la dosis diaria de fe alienante. Pasamos del látigo del capataz en las plantaciones esclavistas al chantaje emocional en los cultos dominicales. La estrategia no ha cambiado en miles de años: el rey te quita el pan y el cura te convence de que pasar hambre es la mejor forma de ganarte el cielo. Hasta que no entendamos que la verdadera libertad empieza por romper las cadenas mentales que nos imponen desde el altar y desde el gobierno, seguiremos siendo los espectadores cautivos y los pagadores de esta comedia barata.

Y usted como ve este asunto; dejenos su opinión.

MACH

19.08.26


lunes, 17 de agosto de 2026

El aplauso del hambriento: Por qué defendedemos a los mismos que nos atan de manos

 Y aquí estamos otra vez, metidos en el mismo bucle sin fin. Parece un guion repetido con mala intención. Basta mirar un poco hacia atrás en Honduras para sentir un deja vú amargo: un gobierno saliente aguantando el vendaval de un ataque mediático feroz, orquestado desde las trincheras de siempre. Las cúpulas de siempre —esa alianza no escrita entre la élite empresarial, política y religiosa— muestran los dientes porque sintieron que les tocaron el bolsillo o, peor aún, que dejaron de ser el ombligo del mundo. La paradoja es casi poética, si no fuera porque duele en el día a día: cuando un gobierno comete el «craso error» —tal como advertía Maquiavelo en El Príncipe— de intentar gobernar recostándose en el pueblo y no en los poderosos, las élites no perdonan. Maquiavelo lo dejó clarísimo hace siglos: quien se apoya en los grandes se sostiene sobre arena movediza, porque ellos siempre quieren más de lo que se les puede dar sin oprimir al resto; en cambio, el pueblo solo pide una cosa básica: que no lo opriman. Pero cuando el poder busca sintonizar con la base, los de arriba despliegan toda su artillería mediática para convencer al hambriento de que quien le ofrece un plato de comida es, en realidad, su enemigo. Ahora bien, la pregunta del millón, la que a cualquiera le saca canas verdes y revolvimiento de estómago, no es por qué los poderosos defienden sus pingües negocios. Eso es predecible, casi instintivo en la ambición humana. La verdadera incógnita, la que quita el sueño a cualquiera que tenga dos dedos de frente, es otra: ¿por qué la masa empobrecida, el ciudadano de a pie que sufre el transporte público arruinado, la canasta básica por los cielos y el hospital sin medicinas, termina haciendo fila para aplaudir a sus propios verdugos? Para entender este fenómeno sin caer en la tentación fácil de decir simplemente que «la gente es tonta», hay que meterse en los pasillos de la psicología social. Fue hasta que me topé con la Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner en los años 70, que las piezas del rompecabezas empezaron a encajar con una claridad tan escalofriante como reveladora.

La trampa de la pertenencia: Antes muertos que solos

Tajfel y Turner no estaban pensando en la política hondureña cuando armaron su teoría, pero vaya que la describieron al detalle. Básicamente, lo que estos psicólogos demostraron es que los seres humanos no somos entes aislados que tomamos decisiones frías y calculadas en una hoja de Excel. Somos animales comunitarios. Necesitamos, con una urgencia casi biológica, sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. La Teoría de la Identidad Social explica que nuestra autoestima se construye en gran medida a partir de los grupos a los que pertenecemos: nuestro "ingrupo" (los míos) en oposición a los "outgrupos" (los otros). Y aquí viene el nudo del asunto: cuando la vida cotidiana te niega victorias individuales —cuando el trabajo no alcanza, cuando la educación no te abrió puertas, cuando la movilidad social es un chiste de mal gusto—, la necesidad de validación se traslada completita a la identidad grupal. Si la vida no te da logros propios de los cuales sentirte orgulloso, te aferras con uñas y dientes a los triunfos, aunque sean ficticios, de tu grupo. Y si ese grupo es un partido político, una secta, un club o una bandera, la lealtad deja de ser una opción racional y se convierte en un salvavidas emocional. Ahí es donde el corrupto gana la partida antes de jugar. La necesidad de pertenecer y ser validado por la tribu es tan jodidamente poderosa que termina aplastando el sentido común. El de abajo prefiere dar por bueno el chanchullo del líder con tal de no perder su carnet simbólico de pertenencia. Aceptar que el líder de tu partido es un delincuente no es solo admitir un hecho político; para la psique de un militante, equivale a admitir que él mismo ha sido un tonto, que su tribu es una cueva de ladrones y que su propia identidad no vale nada. Y el cerebro humano hará acrobacias mentales increíbles antes de permitirse sentir semejante nivel de humillación.

El sesgo del militante: Aceptar la podredumbre por dentro, negar el grito por fuera

Esto lo vemos a diario en la calle, en los chats de WhatsApp familiares y en las mesas de café. Hablemos con la verdad: el militante de a pie no es ciego. Salvo excepciones de fanatismo extremo, la mayoría sabe perfectamente hacia dónde se van los fondos públicos. Por dentro, en el fuero interno, aceptan la verdad. Saben que el diputado por el que votaron se enriqueció de la noche a la mañana, ven las casonas, los carros del año y la impunidad descarada. Lo aceptan en silencio, con un suspiro resignado o una mueca de cinismo. Pero hacia afuera... ah, hacia afuera la historia es otra. Hacia afuera se activa la famosa "identidad de cuerpo". Es exactamente el mismo comportamiento que se observa en las estructuras policiales o militares. Dentro del cuartel o de la delegación, todos conocen al compañero que cobra la extorsión, al superior que se queda con el presupuesto del combustible o al que abusa del poder. Pero frente al juez, frente a la prensa o frente a la ciudadanía, la consigna es el silencio sepulcral y la defensa a ultranza. Romper filas es el pecado capital. El que habla es un traidor; el que denuncia es expulsado del paraíso del grupo y arrojado a la soledad. En la política partidaria pasa exactamente lo mismo. El militante niega la evidencia más descarada de corrupción no porque crea genuinamente que su líder es un santo bendito, sino para evitar que la sociedad lo catalogue a él como cómplice o miembro de una banda de criminales. Es un mecanismo de defensa psicológico: si acepto que mi partido está podrido, acepto que yo soy parte de la podredumbre. Por lo tanto, prefiero gritar que todo es un «ataque de la oposición», una «persecución política» o una «invento de los medios», antes que mirar al espejo y reconocer la realidad. La actitud crítica dentro de estos colectivos no es solo escasa: está castigada. Cuestionar al jefe es poner en riesgo la cohesión de la tribu. Y en un país donde las oportunidades son escasas, estar fuera de la tribu significa quedarse congelado en la intemperie social y económica.

El festín de las cúpulas a costa del orgullo ajeno

Mientras este drama psicológico se juega en los barrios y colonias, las cúpulas miran el espectáculo desde sus torres de cristal, frotándose las manos. Saben usar la psicología de masas mejor que cualquier académico. Conocen la vulnerabilidad del ciudadano común y la explotan sin el menor remordimiento. Para las élites —esas que han mantenido a Honduras como su finca privada durante décadas—, no hay nada más peligroso que un pueblo que piense en términos de clase o de derechos universales. Por eso, su estrategia favorita es la polarización tribal. Les conviene que la gente se defina como «rojos», «azules» o «amarillos» antes que como ciudadanos despojados de sus derechos elementales. Cuando un gobierno intenta romper esa dinámica y busca estructurar políticas públicas dirigidas verdaderamente al bienestar colectivo, el sistema entero enciende las alarmas. El poder mediático, financiado por los grandes capitales y bendecido en no pocas ocasiones desde los púlpitos, activa la máquinaria mediatica. Crean narrativas del miedo, manipulan símbolos patrios o religiosos y le dicen al poblador empobrecido: "Cuidado, que te van a quitar lo poco que tienes", cuando en realidad son ellos los que le han quitado todo durante generaciones. Y el ciudadano, atrapado en su necesidad de validación y atenazado por el miedo a la exclusión, termina marchando codo a codo con el empresario que evade impuestos, con el político que saqueó el seguro social y con el líder religioso que vende milagros y profecias a cambio de diezmos de miseria. Se da el fenómeno grotesco del oprimido protegiendo el privilegio del opresor, creyendo sinceramente que al hacerlo está defendiendo su propia dignidad.

Romper el hechizo: De la tribu a la ciudadanía. Partidarios o cómplices!

¿Hay salida a esta trampa mental? La hay, pero el camino es largo y pasa por un proceso doloroso de desaprendizaje. El primer paso es entender que la lealtad política no es una virtud cuando se convierte en complicidad. No le debemos lealtad a los colores de un partido, ni a la figura de un caudillo, ni a la marca de un grupo. La lealtad, en una democracia sana, se le debe a los hechos, a la ética y al bienestar colectivo. Necesitamos empezar a separar nuestra autoestima personal de las siglas de una organización política. El día que el ciudadano común entienda que señalar la corrupción de sus propios líderes no lo convierte en un traidor, sino en un patriota con criterio, las cúpulas perderán su arma más poderosa. El verdadero orgullo no se encuentra en ondear la bandera de quienes nos han sumido en la miseria para sentir que pertenecemos a algo. El verdadero orgullo nace cuando tenemos la valentía de decir: "Esto está mal, lo haga quien lo haga". Mientras no demos ese paso, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso, viendo cómo los de arriba se reparten el pastel mientras los de abajo peleamos por las migajas, aplaudiendo con entusiasmo al mismo tipo que nos está sacando la billetera del bolsillo.

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MACH

17.08.26


martes, 11 de agosto de 2026

La paradoja hondureña: Cuando la complacencia social y el abuso bancario se dan la mano


Existe una narrativa muy sobada que resuena constantemente en las cajas de resonancia del sistema: "Los hondureños somos diferentes". Nos lo repiten tanto y desde tantos ángulos que al final termina pareciendo un mantra anestésico. Pero, si escarbamos un poco en el fondo de esa frase, nos damos cuenta de que su verdadera intención es justificar la abrumadora complacencia con la que las mayorías aceptamos cualquier abuso e imposición. Nos hemos acostumbrado a agachar la cabeza frente al grupito que mantiene secuestrado el poder político y económico del país, convenciéndonos de que nuestra resignación es, en realidad, un rasgo cultural o una peculiaridad de nuestro carácter. Sin embargo, hay áreas donde esa supuesta "singularidad hondureña" desaparece por completo y nos parecemos, punto por punto, al resto del mundo. El sistema financiero es el mejor ejemplo. La banca "nacional" no inventó la rueda; simplemente sigue al pie de la letra los patrones mundiales en el arte de idear mil maneras de meterle la mano en el bolsillo a los depositantes y clientes. Para muestra, basta un botón internacional: hace unos años, en España estalló el sonado escándalo de "las participaciones preferentes". Aquel fue un tinglado financiero ideado y ejecutado desde las altas esferas del sistema bancario español que dejó en la ruina a miles de pensionados, personas mayores que confiaron los ahorros de toda su vida a gestores que les vendieron gato por liebre. ¿Y qué pasó al final? Salvo contadas excepciones mediáticas, la impunidad casi total se impuso y nadie pagó de forma ejemplarizante por semejante estafa masiva. Esa misma lógica del despojo sigiloso opera hoy en nuestras latitudes, adaptada a nuestra propia realidad económica.
Hace un par de días me topé en TikTok con un video de un ciudadano hondureño que denunciaba a una conocida institución bancaria. ¿El motivo? Le habían debitado de su cuenta, sin su consentimiento ni autorización, una cantidad equivalente a unos $2.50 dólares bajo el concepto de la compra de un seguro. Analicemos el trasfondo de esta jugada por un segundo. Si este ciudadano no hubiera sido meticuloso al revisar su estado de cuenta, jamás se habría enterado de que tenía contratado dicho seguro. Eso le garantizaba a la aseguradora la jugada perfecta: el cobro constante de una prima sobre una póliza cuyo "beneficiario" ni siquiera sabía que existía, asegurando así cero reclamos en caso de un siniestro. Es la fórmula mágica del negocio bancario: "Estás asegurado, pero tú no lo sabes (y ojalá nunca te des cuenta)". Al día siguiente, vi un segundo video del mismo usuario. Contaba que el banco se había puesto en contacto con él, le había pedido disculpas de la forma más educada posible y le había reintegrado su dinero. El reclamante, sintiéndose satisfecho por la pronta respuesta, dio el asunto por zanjado. Pero es justamente aquí donde debemos detenernos y hacer el verdadero recuento de los daños. La historia no puede terminar con un "usted disculpe y aquí está su vuelto".

Primero, hay que ser bastante ingenuos para creer que el banco cometió ese "error" únicamente con ese cliente en particular. En los sistemas informáticos bancarios no existen las equivocaciones accidentales de un solo centavo que beneficien a la institución. Ese mismo débito automático llega todos los días, como un reloj, a miles de clientes que no revisan sus saldos con lupa o que sencillamente no entienden los desglose de sus cuentas. Pensemos, por ejemplo, en los miles de empleados de la industria maquiladora. Tras abrir su cuenta de planilla, la inmensa mayoría de ellos jamás vuelve a pisar una agencia bancaria; todas sus transacciones las realizan a través de cajeros automáticos para retirar su salario. Casi con certeza, muchos de ellos han sido "asegurados" sin haberlo pedido, sin haberlo firmado y sin saberlo. Y aquí es donde las matemáticas se vuelven escalofriantes: si en un solo mes logran aplicar esta microestafa a 10,000 clientes desinformados, el banco y la aseguradora se meten al bolsillo $25,000 dólares netos, limpios de polvo y paja, extraídos directamente del sudor de la gente trabajadora.

Y la creatividad para el despojo no se detiene ahí. Otro banco de capital mexicano que opera en el país tiene montado un esquema similar dirigido a un sector particularmente vulnerable: quienes reciben remesas. A estas personas se les impone un seguro con un costo aproximado de $1.00 dólar. La supuesta cobertura de este seguro es de apenas 4 horas contadas a partir del momento en que el cliente retira el dinero en la ventanilla, protegiéndolo en caso de que sufra un asalto en ese lapso. Si el usuario se niega a aceptar este cobro arbitrario, los empleados —probablemente presionados por metas corporativas imposibles— lo tienen de plantón en la agencia, dilatando el trámite y tratando de desesperarlo hasta que acepte el cobro con tal de salir de ahí con su dinero. Y, por supuesto, sobra decir que si a alguien efectivamente lo asaltan en ese periodo y pretende hacer valer la póliza, empieza para él un vía crucis burocrático diseñado para que desista del reclamo antes de ver un solo lempira de indemnización.

Frente a este panorama, cabe hacernos la pregunta inevitable: ¿Por qué estas instituciones se atreven a operar de manera tan impune? La respuesta está en la estructura legal de nuestro país. En Honduras no existe la figura del daño punitivo. En otros sistemas judiciales, cuando una empresa incurre en prácticas abusivas o fraudulentas de forma sistemática, los jueces no solo la obligan a devolver el dinero robado, sino que le imponen multas millonarias destinadas a castigar el comportamiento y a disuadir a otros de hacer lo mismo. En nuestro entorno, en cambio, el sistema está hecho a la medida del abusador. Para un banco, el riesgo de aplicar cobros indebidos es absolutamente cero. Si de 10,000 personas estafadas solo una protesta —como el usuario de TikTok—, el banco simplemente le devuelve sus $2.50 dólares, le ofrece una sonrisa ensayada, pide disculpas por el "error del sistema" y se queda con el dinero de las otras 9,999 personas que no se dieron cuenta. El delito se convierte, literalmente, en un modelo de negocio altamente lucrativo y sin costo penal o financiero. Es hora de empezar a desmantelar esa narrativa servil de que "somos un país diferente" como excusa para aguantar el despojo. No somos diferentes en la capacidad de sentir indignación; nos han hecho diferentes al despojarnos de las herramientas institucionales para defendernos. La banca no opera así por casualidad ni por errores informáticos, sino porque sabe que la supervisión estatal es débil o complaciente, y que la ley no tiene garras para castigar el abuso corporativo y además, lo más grave, los usuarios no llevan controles de lo suyo y en últimas se avergüenzan de hacer un reclamo por “tan poco dinero”

Mientras no exijamos leyes estrictas, entes reguladores verdaderamente independientes y reformas legales que incluyan sanciones ejemplares para los abusos financieros, la banca seguirá perfeccionando sus métodos para despojarnos de lo nuestro, un dólar a la vez, bajo la cómoda sombra de nuestra propia indiferencia. Hemos normalizado el abuso, y somos indiferentes a este tipo de microestafas que le dejan a los dueños de los bancos, enormes cantidades de dinero que diariamente se drena de los bolsillos de los más,para acrecentar el bolsillo de los menos. Esta de más decir que la complicidad estatal es fundamental para que robos de este tipo, sigan ocurriendo. Debemos reclamar con fuerza nuestros derechos y dejar definitivamente el sillon de la complacencia.

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MACH

11.08.2026



sábado, 1 de agosto de 2026

El espejo de las urnas: Por qué nos encanta culpar al político y olvidar al votante

Seguro la has escuchado más de una vez. Es de esas frases que se te quedan flotando en la cabeza y, cuando por fin te detienes a masticarla, te deja un sabor amargo en la boca: «Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen».A simple vista suena dura, casi cruel. Uno tiende a rebelarse de inmediato: «¡Oye, espérate! ¿Cómo que me merezco a este corrupto, a aquel abusador o a este cinicazo que se llena los bolsillos con nuestros impuestos?». La reacción natural es hacerse el indignado. Nos encanta rasgarnos las vestiduras, insultar a los políticos en la mesa dominical, lanzarles sapos y culebras en redes sociales y tratarlos de lo peor. Y ojo, no es que no se lo tengan merecido; se ganan a pulso cada epíteto.

Pero si hacemos una pausa, nos lavamos la cara y miramos el asunto con objetividad, llegamos a una conclusión bastante más escalofriante: nos fascina atacar al síntoma para no hacernos cargo de la enfermedad. Nos descargamos con gusto contra el tirano de turno, pero pasamos de puntillas sobre los verdaderos responsables de que ese sujeto esté anclado en el palacio presidencial. Porque nos duela o no, los políticos no bajan de una nave espacial ni nacen de una mata de plátanos: salen de nuestra propia sociedad, y son colocados ahí por la suma de nuestros votos.

Suelo pensar que una jornada electoral es, en el fondo, una radiografía moral y cultural de un país. El resultado de una votación dice muchísimo más de los electores que de los elegidos. Piénsalo un segundo. Los candidatos son lo que son: promotores de promesas baratas, actores de campaña, cazadores de poder. Mienten, bailan en los mítines, prometen puentes donde ni siquiera hay ríos. Eso ya lo sabemos, no es ninguna sorpresa. Lo escalofriante no es que el demagogo venda humo; lo verdaderamente aterrador es que haya millones de personas dispuestas a comprarlo con los ojos cerrados. El votante no es una víctima inocente engañada por un truco de magia infantil. En pleno siglo XXI, con el conocimiento y la información en la palma de la mano, la ignorancia o la ingenuidad son, en el mejor de los casos, una decisión consciente; y en el peor, una negligencia cómplice. Cuando un pueblo eleva a un sátrapa a las alturas olímpicas del poder, no está ocurriendo un accidente. Ocurre una transacción. Y esa transacción refleja los valores, los miedos, las miserias o la pereza de la ciudadanía que apretó el botón o marcó la casilla.


¿Cómo es que terminamos dándole las llaves de la casa al ladrón? Hay varios caminos, y ninguno nos deja muy bien parados, aquí es donde aparecen los caminos de la complicidad electoral:

El voto por conveniencia (el "qué hay para mí"): Es el cliente que cambia su futuro y el de sus hijos por una bolsa de comida, un puesto público de tercera categoría o una promesa de favor personal. Aquí el elector sabe que el candidato es un tramposo, pero piensa: «Es un corrupto, pero es MI corrupto». El voto de aficionado de fútbol: Gente que apoya a un partido como si fuera el equipo de sus amores. No importa si el candidato robó, si tiene procesos judiciales o si arruinó la economía en su gestión anterior; lo importante es que "los míos" le ganen a "los otros". Se vota con las vísceras, sin un gramo de juicio crítico. El voto del desinterés: Aquellos que dicen "todos son iguales" y entregan su decisión al primer eslogan pegajoso o al político que mejor baila en TikTok. Votar sin investigar es como firmar un contrato a ciegas y luego quejarse porque te embargaron la casa. El sesgo de la viveza criolla: En el fondo, muchos votantes admiran en secreto la astucia del corrupto. Piensan que ser honesto es de tontos y que el político que "mueve influencias" es un listo. Elegimos a líderes que reflejan esa trampa cultural que llevamos dentro. Nos hemos vuelto expertos en el arte del victimismo, nos retratamos como víctimas perfectas. Es comodísimo poner cara de angustia, encogerse de hombros y decir: «¡Qué desgracia de gobernantes tenemos!». Nos libera de toda culpa. Nos permite sentirnos superiores, éticos e inmaculados mientras el país se desmorona. Pero la cruda realidad es que nadie llega al poder solo. A esos sátrapas no los coronó un rayo divino. Los coronó el señor de la esquina que vendió su voto, la profesional que no se molestó en leer el plan de gobierno, el joven que prefirió quedarse durmiendo la resaca el día de la elección y el fanático que justificó lo injustificable porque el candidato era de su ideología. Lloriquear después de haberlos encumbrado es, francamente, de un cinismo colosal. Es como invitar al zorro a cuidar el gallinero, irte a dormir y al día siguiente armar un escándalo porque no quedan gallinas. ¿De verdad esperabas un resultado distinto?


La democracia tiene muchos defectos, pero posee una virtud implacable: es un espejo nítido. No te muestra cómo te gustaría ser, te muestra exactamente lo que eres como sociedad. Si en el poder hay gente vulgar, inculta, rapaz y mentirosa, es porque esas conductas están toleradas, normalizadas o incluso aplaudidas en la vida cotidiana de la gente común. El político corrupto no es un alienígena; es el vecino que se cuela en la fila, el comerciante que estafa con el peso, el ciudadano que paga la mordida al policía para evitar la multa, pero con presupuesto estatal. Si de verdad queremos un cambio, tenemos que empezar por tragarnos el orgullo y reconocer nuestra cuota de responsabilidad. Mientras sigamos tratando a los candidatos como mesías y a nosotros mismos como pobres víctimas indefensas, el ciclo de la mediocridad se va a repetir una y otra vez. Es hora de madurar como ciudadanos. La próxima vez que veas a un gobernante cometiendo una barbaridad y sientas el impulso de insultarlo en la televisión o en tu teléfono, haz una pequeña pausa. Recuerda que ese personaje está ahí porque miles o millones de personas que caminan por tus mismas calles votaron por él, o porque otros miles decidieron que no valía la pena ir a votar. El poder no se regala; lo entregamos nosotros. Y hasta que no entendamos que el voto es una herramienta de alta responsabilidad y no un cheque en blanco ni una tarjeta de concurso, seguiremos atrapados en la misma historia. Dejemos de llorar por los gobernantes que tenemos y empecemos a preocuparnos por la clase de electores que somos. Al final del día, los pueblos no solo tienen los gobiernos que se merecen; tienen, sobre todo, los gobiernos que sus votantes están dispuestos a tolerar.


MACH

01.09.26


jueves, 11 de junio de 2026

¿Tiene Honduras fecha de caducidad? Entre el latrocinio de hoy y la profecía de Harari

Hace poco más de un año, en los pasillos y oficinas del organismo electoral de Honduras, se venía cocinando un fraude de proporciones monumentales. No era un secreto a voces; era una coreografía tan grotesca y gigantesca que perfectamente pudo haberse visto con claridad desde la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, ocurrió algo curioso: para los grandes paladines de la democracia global —sí, me refiero a los Estados Unidos de Norteamérica y a la Comunidad Europea— el elefante en la habitación fue completamente invisible. Miraron para otro lado con una miopía diplomática digna de campeonato. Hoy, a unos seis meses de que ese fraude se consumara por completo, el panorama es de una claridad pasmosa y dolorosa. Pasó exactamente lo que anunciaban aquellos audios que circularon masivamente y que muchos quisieron tildar de paranoias o conspiraciones. No eran inventos. Era la crónica de una estafa anunciada. Con la llegada al poder de los usurpadores, liderados por esa cúpula perjuiciosa, corrupta y profundamente dañina del Partido Nacional —una organización que parece genéticamente incapaz de alcanzar el poder por la vía democrática limpia, recurriendo siempre al juego sucio y al descaro—, el país entró en una nueva fase de su vía crucis. Desde que tomaron el control de los hilos de la nación, hemos sido testigos de dos fenómenos tan interesantes como deprimentes. Dos dinámicas que nos obligan a sentarnos a pensar qué diablos va a pasar con nosotros.

El primer acto de esta tragicomedia es el desmantelamiento express y el retorno de los trucos contables. Es un  hecho innegable de estos seis meses ha sido el inicio del desmantelamiento sistemático y el latrocinio de lo poquísimo que quedaba en pie en este territorio llamado Honduras. Da la impresión de que llegaron con prisa, como el ladrón que sabe que el dueño de la casa puede despertar en cualquier momento. Por un lado, montaron un circo de persecución contra los opositores mediante una serie de juicios políticos. Pero seamos claros: estas no son más que charadas, obras bufas, teatros de pésima calidad donde los jueces y los acusadores siguen un guion ridículo. No buscan justicia; buscan silenciar, amedrentar y asentar su poder a la fuerza. Mientras el ojo público se entretiene con el melodrama de los tribunales, con la mano izquierda empezaron a vender al mejor postor los últimos retazos de la propiedad pública. Y para rematar la jugada maestra del saqueo, estamos viviendo un descarado regreso a los fideicomisos con los bancos. ¿Por qué insistir en este mecanismo? Muy sencillo: porque es la alfombra perfecta para esconder el dinero público. El fideicomiso privatiza el manejo de los fondos estatales, volviendo invisible el rastro del dinero y blindando la información bajo el manto del secreto bancario y comercial. Así, Juan Pueblo se queda mirando la nada, sin saber cuánto entró, cuánto salió, ni a qué cuentas particulares fue a parar el fruto de sus impuestos. Es el robo institucionalizado y con sello de confidencialidad.

La maquinaria electoral que nunca duerme,el segundo acto de la tragicomedia. Esto raya en lo macabro si uno lo analiza con cabeza fría, es que desde hace ya varios meses los seudo políticos de siempre —tanto los que supuestamente ganaron como los que supuestamente perdieron— ya andan metidos en los barrios y colonias. No andan buscando soluciones para el agua, la luz o la falta de empleo que agobia a la gente hoy mismo. ¡Qué va! Andan estructurando sus grupos de apoyo para las elecciones de dentro de cuatro años. Es una escena surrealista. El país se está hundiendo, la gente está migrando a borbotones, el dinero no ajusta para la canasta básica, pero los operadores políticos ya están repartiendo promesas baratas, camisetas y bolsas de comida clorada para asegurar el voto del futuro. Y aquí es donde a cualquiera que tenga dos dedos de frente le asalta una pregunta inevitable y amarga: ¿Cuál es el futuro de un país con esta clase política? Por un lado, tenemos a los que están ahora, instalados por la fuerza y el engaño, robando a manos llenas y sin el menor rastro de vergüenza. Por el otro, tenemos a la supuesta alternativa, planificando pacientemente el camino para hacerse con el poder dentro de unos años, pero no con el objetivo de cambiar las cosas, sino con la única y exclusiva meta de llegar a hacer exactamente lo mismo que los actuales. Es un relevo de saqueadores. Una rueda de la fortuna donde lo único que cambia es el nombre del que te mete las manos en el bolsillo.

Ante este callejón que parece no tener salida, es imposible no ponerse un poco filosófico, o al menos, fatalista. Hace unos años, se volvió muy viral una entrevista del célebre historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari. Entre sus muchas proyecciones sobre el impacto de la inteligencia artificial, el cambio climático y la geopolítica global, Harari soltó una frase lapidaria que a muchos nos dejó helados: afirmó que para el año 2050, Honduras ya no existiría como país. En su momento, muchos pegaron el grito en el cielo, acusándolo de exagerado o de ignorar la resiliencia de los pueblos soberanos. Pero si nos detenemos a mirar los hechos actuales sin el sesgo del nacionalismo ciego, la pregunta se vuelve urgente: ¿Será esta una profecía que nos tocará ver cumplida en vida? Cuando Harari habla de la desaparición de un país para mediados de este siglo, no se refiere necesariamente a que vendrá un terremoto y nos tragará el mar, ni a que las fronteras geográficas serán borradas del mapa de la noche a la mañana por una invasión extranjera. El concepto es mucho más sutil y destructivo: habla de la inviabilidad estatal. Un país deja de existir cuando sus instituciones se vuelven cascarones vacíos, cuando su economía es puramente de subsistencia y remesas, y cuando el Estado pierde por completo la capacidad de garantizarle a sus ciudadanos lo más básico: seguridad, salud, educación y un proyecto de futuro. Con el ritmo de destrucción institucional que llevamos en estos últimos seis meses, acelerando el paso de lo que ya se venía haciendo mal en las últimas décadas, Honduras se encamina a convertirse en un "no-lugar". Un territorio habitado, sí, pero gobernado por mafias locales, corporaciones transnacionales sin control y élites cleptócratas que operan en la impunidad total, mientras la clase media y trabajadora termina de huir hacia el norte o se resigna a sobrevivir en la miseria. Si la única propuesta de la oposición para los próximos cuatro años es imitar el modelo de latrocinio y opacidad bancaria de los que mandan hoy, entonces la profecía de Harari no es una predicción audaz; es simplemente una deducción matemática simple. Un país no puede sostenerse en el tiempo si su única industria eficiente es la fábrica de pobres y la exportación de seres humanos.

Escribo esto no para sembrar el desánimo, sino porque maquillar la realidad a través de un blog sería complicidad. El diagnóstico es grave. Estamos atrapados entre unos usurpadores que actúan con la voracidad de quien sabe que el tiempo corre, y unos conspiradores de barrio que ya afilan los dientes para el próximo turno en el banquete del presupuesto general. El 2050 está a la vuelta de la esquina. Si seguimos permitiendo que las charadas políticas, los juicios de mentira y los fideicomisos oscuros definan las reglas del juego, la fecha de caducidad de nuestra nación estará sellada. La verdadera batalla no es dentro de cuatro años en las urnas que ellos mismos controlan y adulteran; la batalla es hoy, desnudando sus mentiras, rechazando sus dinámicas clientelares y entendiendo, de una vez por todas, que si no rescatamos lo público de las manos de esta cúpula dañina, el mapa del futuro se quedará sin el nombre de Honduras.

Y usted que piensa.

MACH
11.06.2026




jueves, 4 de junio de 2026

Río revuelto, memoria corta y los pescadores de siempre

Seguro has escuchado el viejo refrán: «A río revuelto, ganancia de pescadores». Es una frase vieja, pero en nuestra América Latina se siente más fresca y actual que nunca. El "río" lo revuelven todos los días con miedo, titulares escandalosos y discursos incendiarios; los "pescadores" son los mismos de siempre, esos apellidos ilustres que saltan de generación en generación en los puestos públicos. Son los nietos de políticos, hijos de políticos y padres de los políticos del mañana. En buen romance: vividores profesionales de la teta del Estado. Lo curioso es el libreto que usan. Si enciendes la televisión o entras a redes sociales, el guion es casi idéntico desde Tijuana hasta la Patagonia. La culpa de que las escuelas se caigan a pedazos, de que los hospitales no tengan medicinas y de que la economía esté asfixiada es, según ellos, de "la izquierda". Te pintan un monstruo de mil cabezas que llega a empobrecer países con redes de corrupción diseñadas solo para beneficiar a unas cúpulas hambrientas de poder. El problema no es que se critique a la izquierda —que cuando gobierna mal, por supuesto que merece ser cuestionada—. El verdadero chiste, si no fuera una tragedia, es la tremenda amnesia histórica que pretenden inyectarnos en las venas.

Hace poco andaba rodando por ahí el video de una eurodiputada española que llegó a México con el dedo acusador bien levantado. Sin despeinarse, acusó a la izquierda mexicana actual de ser la responsable y cómplice absoluta de las redes del narcotráfico que azotan al país. Vamos a bajarle dos rayitas a la audacia de esta señora. A la susodicha seguro se le olvidó un pequeño detalle histórico, o de plano sus asesores no le pasaron el resumen completo: en México, antes de la llegada de Andrés Manuel López Obrador en 2018, quienes gobernaron durante casi un siglo fueron los partidos de la derecha y el centro-derecha tradicional (el PRI y el PAN). ¿De verdad pretenden hacernos creer que el monstruo del narcotráfico nació de la noche a la mañana hace apenas unos años? Cualquiera con dos dedos de frente sabe que un negocio transnacional de esa magnitud, que lleva más de 50 años gestándose, no crece sin el aval, la mirada hacia el otro lado y la corrupción de quienes tuvieron las llaves de Los Pinos durante décadas. Pero es fácil cruzar el charco, pararse frente a los micrófonos y decirle a la gente que lo que han vivido con sus propios ojos no es real, que los culpables son los que acaban de llegar y que los santos eran los que estaban antes. Si el pasado te condena, invéntate un enemigo en el presente y repítelo hasta que la gente dude de su propia memoria.

Si miras hacia Centroamérica, el panorama en Honduras es un calco al carbón. Aqui la llamada "izquierda" apenas ha logrado rasguñar el poder por unos pocos años en la historia reciente. Sin embargo, si escuchas los noticieros locales, parece que ellos fundaron la pobreza, inventaron la migración masiva y rompieron las instituciones del país. ¿Y las décadas de gobiernos tradicionales? ¿Y los escándalos de corrupción que terminaron incluso con expresidentes extraditados por vínculos con el crimen organizado? De eso se habla de puntitas o se archiva rápido. La culpa de todas las desgracias actuales, según la narrativa oficial de las élites, es del gobierno de 4 años de Xiomara Castro. El río se revuelve con fuerza para que nadie logre ver el fondo del agua. 

Aquí es donde cabe hacerse la pregunta del millón: ¿Tiene la alienación propagandística la fuerza suficiente para convencer a alguien de que su realidad no es lo que vive, sino lo que le repiten en la pantalla? La respuesta corta es que sí, o al menos lo intentan con una efectividad que da miedo. Los medios de comunicación corporativos y las maquinarias digitales no trabajan gratis; obedecen fielmente al guion de la matriz mediática. Si te repiten cien veces al día que el causante de tu falta de empleo es una ideología específica, mientras el empresario que te paga una miseria financia esas mismas campañas, eventualmente la Matrix empieza a funcionar. La estrategia es perfecta en su crueldad: Saturan los canales de comunicación con miedo y desesperanza. Invisibilizan las causas estructurales de la desigualdad (las leyes hechas a medida de unos pocos, la evasión fiscal, el desmantelamiento de lo público). Crean un chivo expiatorio ideal para que la rabia de la gente se dirija hacia donde a las élites les conviene. Es un lavado de cerebro colectivo que busca que el ciudadano de a pie defienda los intereses de quienes lo oprimen. Logran que el pobre marche en la calle para defender las exenciones fiscales del millonario, bajo la falsa promesa de que "así habrá más empleo".

Al final del día, mientras nosotros nos peleamos en la sobremesa o en los comentarios de Facebook discutiendo si la culpa es de la izquierda o de la derecha, la verdadera oligarquía mueve sus piezas con una frialdad matemática. A esa derecha rancia no le importan las etiquetas, le importa mantener el status quo. Les urge mantener las cosas exactamente como están. ¿Por qué? Porque en nuestro sistema actual, lamentablemente, la pobreza de las grandes mayorías funciona como el colchón que garantiza que los ricos sigan siendo ridículamente ricos. Necesitan mano de obra barata, necesitan un pueblo con hambre para poder comprar votos con una bolsa de comida cada cuatro años, y necesitan una sociedad desinformada para que nadie se atreva a cuestionar el orden de las cosas. No se trata de defender a ciegas a ningún gobierno que se autodenomine progresista; los errores y las corrupciones de la izquierda deben señalarse con la misma fuerza. De lo que se trata es de tener memoria histórica. De no dejar que nos vengan a contar cuentos de hadas desde afuera, ni que los vividores de la política local nos vendan como salvadores a los mismos que hundieron el barco durante el último medio siglo. El río va a seguir revuelto, de eso no hay duda. La tarea de nosotros, los que leemos, pensamos y vivimos la realidad en la piel, es dejar de ser los peces que caen en la red de los mismos pescadores de siempre.

 ¿Qué opinas tú? Te leo en los comentarios.

MACH

04.06 26


martes, 26 de mayo de 2026

La insoportable levedad de la moral diplomática: El show de la OEA y el castigo a Honduras

¿Alguna vez han sentido esa mezcla de risa amarga y ganas de apagar las noticias cuando ven a un político dar discursos sobre la honestidad? Es una sensación incómoda, casi física. Te da vueltas el estómago. Eso fue exactamente lo que me pasó hace un par de días mientras navegaba por internet y me topé con una publicación de Infobae. Resulta que el embajador de los Estados Unidos ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) anda escandalizado. Sí, leyeron bien: escandalizado. Al parecer, se enteró de supuestos manejos turbios y corruptos por parte del actual secretario general de la organización. La historia que pintan parece de telenovela adolescente, pero con sacos de miles de dólares y diplomáticos de carrera: primero, el embajador va, le reclama en la cara y le mete un regaño de padre estricto. Después, ni corto ni perezoso, agarra el teléfono y, a través de un grupo de WhatsApp donde están los embajadores de los otros países miembros, empieza a armar un cabildeo. ¿El objetivo? "Adecentar" la secretaría general y armar el plan para quitar de en medio al actual mandatario de la OEA. Qué bonito suena todo en el papel, ¿verdad? El gran paladín de la justicia, preocupado por la transparencia de un organismo internacional, limpiando la casa. Pero cuando uno rasca un poquito la pintura de esa fachada de pureza, lo que queda al descubierto es una hipocresía tan grande que no cabe en todo el continente.

A mí no me sorprende que haya corrupción en los pasillos de Washington o de la OEA; a estas alturas del partido, nadie es ingenuo. Lo que me revuelve el estómago es el descaro de querer erigirse, una vez más, como los jueces morales del mundo mientras cargan con un saco lleno de decisiones nefastas que hunden a países enteros. En este caso, hablemos con nombre y apellido de la víctima favorita de este doble juego: Honduras. Es increíble cómo el país que hoy se rasga las vestiduras por unos chats de WhatsApp o por los manejos de la secretaría de la OEA, es el mismo que tiene una política exterior que parece escrita por un guionista de historias de terror. Miremos hacia atrás, pero no muy lejos, solo lo suficiente para refrescar la memoria. Hablemos de Juan Orlando Hernández (JOH). Un personaje que todo el mundo sabe cómo terminó: encontrado culpable y condenado por el propio sistema judicial de los Estados Unidos por narcotráfico a gran escala. Un tipo que convirtió a su país en un puente para exportar  toneladas de cocaína hacia Estados Unidos. Pues bien, resulta casi grotesco recordar que este terrible narcotraficante, en su momento, contó con el respaldo, el oxígeno político y los indultos tácitos de la misma potencia que hoy quiere "adecentar" la OEA. Durante ocho años, el indultado por la geopolítica se metió por la fuerza en la casa presidencial de Honduras, y lo hizo con el visto bueno y el empujón de quienes hoy se dan baños de pureza. ¿Y qué pasó después de que el sistema judicial estadounidense se vio obligado a juzgarlo porque el agua ya les llegaba al cuello? ¿Cambiaron las cosas? Para nada. La receta se repitió.

Hace apenas unos seis meses, Honduras volvió a ser el escenario de una obra de teatro macabra. Mediante un fraude descarado y a la vista de todo el mundo, se impuso en el poder a un gobernante que pertenece exactamente al mismo partido político de JOH. Sí, al mismo grupo. No estamos hablando de una simple coincidencia política o de un cambio de timón democrático. Estamos hablando de que la cúpula entera de esa organización política, la cual en su momento fue señalada prácticamente como una estructura criminal organizada, sigue moviendo los hilos en nuestro pobre pais. Muchos de sus miembros tienen hoy en día casos abiertos y cuentas pendientes en los mismísimos tribunales de Honduras. No son sospechas de pasillo; son realidades judiciales. Y aquí es donde la tuerca da su giro más doloroso: mientras el embajador estadounidense se pasa el día mandando mensajitos de texto para ver cómo limpia la OEA, su gobierno avaló y permitió que se pisoteara la voluntad del pueblo hondureño. Con una mano firman el reconocimiento de un gobierno nacido del fraude y, con la otra, redactan discursos sobre los valores demócratas y la integridad institucional.

La consecuencia de esta doble moral no la sufren los diplomáticos que viven en Washington con sus sueldos exentos de impuestos y sus cenas de gala. La consecuencia la sufre la gente de a pie en los barrios de Tegucigalpa, de San Pedro Sula y de cada rincón de Honduras. Al avalar este tipo de gobiernos, lo que Washington y la OEA están haciendo, en la práctica, es condenar a Honduras a ser gobernada por una auténtica banda de delincuentes. Un grupo cuyo único y exclusivo propósito de año nuevo es terminar la tarea que dejaron a medias: repartirse los bienes públicos que no alcanzaron a robarse durante los ocho años en que JOH usó la silla presidencial como su centro de operaciones, protegido por el silencio cómplice de sus aliados del norte. Es un saqueo institucionalizado. Es ver cómo desmantelan los hospitales, cómo se roban los fondos para las escuelas y cómo privatizan lo poco que queda de valor, mientras los organismos internacionales miran para otro lado o mandan misiones de observación que no sirven para maldita la cosa. Mientras en las altas esferas internacionales se juegan batallas de egos y se mandan mensajes para salvar las apariencias, en la realidad de la calle, las decisiones de esos "paladines" significan más muerte, más pobreza, más migración forzada y más impunidad.

A fin de cuentas, lo que nos deja este panorama es una profunda lección de realismo político, de ese que duele. La OEA ha demostrado una y otra vez que no es más que un club de amigos que se usa según convenga el día de la semana. Si el secretario general de turno les estorba o ya no es útil para sus intereses, buscan cualquier excusa para "adecentar" el lugar y sacarlo por la puerta de atrás. Pero si un dictador o un partido plagado de corrupción les es útil para mantener el control en la región, no tienen ningún problema en mirar hacia un lado, validar fraudes y dejar que un país entero se hunda en la delincuencia estatal. Ya va siendo hora de que dejemos de tragarnos el cuento de que estos organismos y sus representantes actúan por el bien de la democracia. No hay valores, no hay honestidad y mucho menos hay integridad en sus acciones. Lo que hay es conveniencia fría y dura. Ojalá que el embajador guarde un poco de esa indignación que muestra en sus chats de WhatsApp y la use para mirar lo que sus políticas provocan en Centroamérica. Porque limpiarse las manos en Washington mientras dejas las huellas sucias en Honduras no es diplomacia; es, simplemente, una burla descarada a la dignidad de todo un pueblo.

¿Qué opinas sobre este doble rasero que se maneja en la diplomacia continental?


MACH

26.05.26



jueves, 14 de mayo de 2026

Porque un mundo de creyentes se hunde en la decadencia etica

 Vivimos en una paradoja global que desafía la lógica más elemental. Según las estadísticas demográficas, la gran mayoría de la población mundial se identifica con alguna forma de fe religiosa. En teoría, esto debería significar que caminamos sobre un suelo firme de valores compartidos: compasión, justicia, honestidad y respeto por la vida. Sin embargo, al encender la televisión,  abrir el periódico o navegar por las redes sociales, el paisaje es radicalmente distinto. Guerras justificadas por dogmas, conflictos territoriales bañados en retórica sagrada y, quizás lo más doloroso, una degradación sistemática de las instituciones que alguna vez consideramos los pilares de la civilización. Pareciera que estamos asistiendo a una involución deliberada, un proceso donde la política, la religión y la cultura han dejado de ser "nichos de prestigio" para convertirse en refugios de conveniencia para satrapas delincuentes. 

Hubo un tiempo —quizás idealizado, pero fundamentado en una estructura social clara— en que el acceso a la vida pública exigía un capital moral robusto. Ser político, líder religioso o referente cultural no era simplemente un empleo; era una distinción que se alcanzaba tras demostrar una vida de servicio, preparación y, sobre todo, una integridad a prueba de fuego. Los líderes eran los "crisoles" de los valores de su comunidad. Hoy, ese filtro parece haber desaparecido. Lo que antes era un honor reservado para los hombres y mujeres de mayor propósito, hoy es un botín en disputa. Es cada vez más común ver en las boletas electorales, en los púlpitos o en las direcciones culturales a personajes con pasados oscuros, sentencias judiciales a cuestas o confesiones de irregularidades que en otros tiempos habrían significado el exilio social definitivo. ¿Cómo llegamos aquí? La respuesta es tan amarga como la realidad misma, “la normalización del cinismo.” Hemos bajado tanto el listón de nuestras expectativas que la honestidad ya no se exige como requisito previo, sino que se celebra como una excepción milagrosa.

Resulta especialmente hiriente que las guerras sigan teniendo tintes religiosos en pleno siglo XXI. Si la creencia en un Dios implica reconocer una autoridad superior y un orden moral, ¿cómo se explica que el nombre de esa divinidad se use para empuñar el fusil? La religión ha sufrido una metamorfosis peligrosa: ha pasado de ser una brújula interna que guía el comportamiento individual hacia la virtud,  a ser un escudo externo que protege los intereses de grupo. Cuando la fe se politiza, deja de ser una búsqueda de lo trascendente para convertirse en una herramienta de identidad y exclusión. En este escenario, "creer en Dios" ya no significa necesariamente "ser bueno", sino pertenecer a un bando. Y en la guerra de bandos, el fin siempre justifica los medios, permitiendo que incluso los delincuentes sean vitoreados si defienden "nuestra" bandera. La política ha sufrido un destino similar. Originalmente concebida como el arte de buscar el bien común, se ha transformado en una técnica de adquisición y mantenimiento del poder a cualquier costo. La entrada de elementos criminales en la política no es un accidente de la democracia, sino un síntoma de su anemia. Cuando la sociedad civil se retrae por apatía o miedo, deja un vacío que es rápidamente llenado por aquellos que no tienen escrúpulos. Por otro lado, la cultura, que debería ser el espejo donde nos miramos para mejorar, a menudo se ha convertido en un espectáculo de lo banal o en un eco de la polarización. Ya no buscamos a los más cultos para que nos guíen; buscamos a los más ruidosos. La celebridad ha sustituido al prestigio.

La conclusión es la que más debería resonar en nuestra conciencia: la aparente indiferencia colectiva. ¿Realmente a nadie le importa que un delincuente confeso ocupe un cargo de alta responsabilidad? La realidad es que a muchos nos importa, pero estamos atrapados en un fenómeno de fatiga moral. La sobreexposición a la corrupción y al conflicto genera una especie de callo en el alma. Cuando la transgresión es la norma, la indignación se agota. Esta "congelación de los huesos" que sientes es la respuesta natural ante un sistema que parece premiar al astuto sobre el honesto, al delincuente sobre la ley.. Sin embargo, hay una distinción importante que hacer. El hecho de que los delincuentes busquen estos cargos no es lo más grave; lo verdaderamente crítico es que existan audiencias y electorados dispuestos a legitimarlos. Esto sucede cuando el ciudadano o el fiel prefiere a un "pillo de los míos" que a un "honesto del otro bando". Hemos sacrificado la ética en el altar de la ideología.

Hemos abandonado el propósito y si estamos en una involución, la única salida es una revolución de los valores básicos. No se trata de volver al pasado de manera nostálgica, sino de recuperar la exigencia de la excelencia moral. Necesitamos volver a la coherencia entre el credo y la conducta. Una fe que no produce ciudadanos más éticos es simplemente un folclore vacío. Es imperativo restaurar las consecuencias. La impunidad es el combustible de la involución. Sin mecanismos reales de rendición de cuentas, el sistema seguirá siendo un imán para los inescrupulosos. Debemos dejar de celebrar la "astucia" delictiva y empezar a premiar la integridad.

En conclusión.el mundo no se hunde por falta de dioses, sino por exceso de hipocresía. La creencia en una divinidad no es un sustituto del carácter, sino que debería ser su mayor refuerzo. Mientras sigamos permitiendo que nuestras instituciones sean ocupadas por quienes han demostrado no tener respeto por la ley ni por el prójimo, seguiremos sintiendo  ese frío en los huesos que produce nuestra realidad, día tras día. La solución empieza por romper el silencio y dejar de aceptar lo inaceptable. El prestigio no debe ser un adorno del pasado, sino una exigencia del presente. Si queremos detener esta involución, debemos volver a creer que la bondad y la capacidad no son negociables. Después de todo, el mayor pecado de nuestra era no es la falta de fe, sino la falta de vergüenza. 

Y usted que opina?

MACH

14.05.2026




lunes, 4 de mayo de 2026

El circulo vicioso de la Ignorancia y Fanatismo en la Educación Hondureña

 ​En las sociedades contemporáneas, solemos dar por sentado que la existencia de escuelas es sinónimo de progreso. Sin embargo, en el contexto de Honduras y de muchos países con modelos políticos similares, esta premisa es una falacia. Existe una correlación matemática y sociológica casi perfecta: a mayor ignorancia, mayor fanatismo. Esta no es una coincidencia desafortunada, sino el resultado de una complicidad de facto entre los pilares de la sociedad para prostituir el sistema educativo.

La Educación como Fábrica de Ignorancia

​Cuando hablamos de "escuelas para promover la ignorancia", no nos referimos necesariamente a la falta de aulas o libros, sino a la naturaleza del contenido y la metodología. Una institución educativa que no fomenta el pensamiento crítico, que premia la memorización vacía y que castiga la duda, no está educando; está domesticando.

​En Honduras, el modelo educativo parece diseñado para evitar que el individuo se reconozca como un sujeto político con derechos y capacidad de juicio. Al mantener a la población en una penumbra intelectual, se facilita la instauración de dogmas. El fanatismo —ya sea político, religioso o deportivo— necesita de la ignorancia para germinar. Sin la capacidad de analizar datos, contrastar fuentes o entender la historia, el ciudadano queda a merced de la retórica emocional y el populismo.

El Pacto de Impunidad: Gobierno, Maestros y Padres

​El desmantelamiento de la educación no es obra de un solo actor. Es una "complicidad de facto" donde cada parte ha renunciado a su rol fundamental:

El Gobierno: Utiliza la educación como una herramienta de control social. Un pueblo culto es ingobernable bajo los estándares de la corrupción. Por ello, se prefiere un sistema anémico que produzca mano de obra dócil en lugar de mentes disruptivas.

Los Maestros: Muchos han perdido su autonomía. Atrapados entre la precariedad laboral y las presiones externas, han cedido la "libertad de cátedra" a cambio de paz social. Al no defender su derecho a enseñar ciencia y pensamiento libre, se convierten en transmisores de prejuicios ajenos.

Los Padres de Familia e Iglesias: Aquí ocurre una de las usurpaciones de roles más peligrosas. Bajo el pretexto de la "protección de valores", se ha normalizado la censura. Padres y líderes religiosos intervienen en el currículo para cercenar temas científicos, sociales o biológicos que desafíen sus dogmas personales.

La Muerte de la Libertad de Cátedra

​La libertad de cátedra es el derecho del docente a investigar y transmitir el conocimiento sin miedo a represalias. En Honduras, este derecho parece haber sido canjeado por el beneplácito de los comités de padres y las cúpulas religiosas. Cuando un docente debe pedir permiso para explicar la teoría de la evolución, para hablar de derechos humanos o para analizar la historia política del país sin sesgos, la educación ha muerto. El aula deja de ser un laboratorio de ideas para convertirse en un confesionario o en una tribuna partidaria. Los docentes, al permitir que figuras ajenas a la pedagogía decidan qué y cómo se enseña, están condenando a sus alumnos a una visión del mundo estrecha y temerosa.

El Costo Social: La Condena al Fanatismo

​El resultado de este sistema es el fanatismo. El fanático no es quien cree ciegamente en algo, sino quien es incapaz de considerar que podría estar equivocado. Esta rigidez mental es el producto directo de una educación que proscribe la duda. En el caso hondureño, vemos cómo las nuevas generaciones son arrojadas a una "ignominia de fanatismo". Esto se traduce en: Polarización extrema: La incapacidad de dialogar con quien piensa distinto.​ Voto emocional: La elección de líderes basada en el carisma o el miedo, no en propuestas técnicas. ​Atraso científico y cultural: Una sociedad que mira con sospecha al conocimiento académico.

¿Hacia una Salida?

​Romper el vínculo entre ignorancia y fanatismo requiere una cirugía profunda en el tejido social. No basta con reformar los edificios escolares; hay que recuperar la dignidad del rol docente y blindar la educación contra las injerencias dogmáticas. ​La educación debe volver a ser el espacio donde se cuestiona todo, donde se aprende a pensar y no qué pensar. Mientras el gobierno siga viendo la educación como un gasto y como una amenaza al status quo, y mientras los padres sigan prefiriendo hijos obedientes antes que hijos críticos, Honduras seguirá atrapada en este ciclo pernicioso.

Y usted que opina?


MACH

04.05.26


sábado, 2 de mayo de 2026

El Círculo Vicioso de la Pobreza y el "Botín" de la Ignorancia

 Existe una verdad incómoda que resuena en las calles de Tegucigalpa, San Pedro Sula y en los rincones más olvidados del corredor seco y de todo el resto del país : en Honduras, la pobreza no es solo una falta de ingresos; es una arquitectura diseñada a través del abandono educativo. La relación entre la carencia económica y la precariedad intelectual no es accidental, es intrínseca.

Históricamente, el sistema educativo y el de salud en Honduras no han sido tratados como pilares del desarrollo humano, sino como botines políticos. Para las mafias que han orbitado el poder por décadas, una escuela sin techos o un hospital sin gasas no son tragedias, son oportunidades de negocio. Es el triunfo del clientelismo y la corrupción sobre el ciudadano.

La Anatomía del Abandono: Cifras que Duelen. Para entender la magnitud del problema, debemos mirar los indicadores más recientes. Aunque los informes oficiales de 2025 sugieren una reducción en la pobreza nacional (situándola en un 60.1% frente al 73% de años anteriores), la realidad estructural sigue siendo frágil. La pobreza extrema aún castiga al 38.3% de la población, lo que significa que casi 4 de cada 10 hondureños luchan simplemente por no morir de hambre.

Esta precariedad económica se traduce directamente en una tragedia educativa:

Deserción Escolar: Solo en 2025, más de 32,000 estudiantes abandonaron las aulas.

Exclusión: Se estima que más de un millón de niños y adolescentes se encuentran actualmente fuera del sistema educativo, vulnerables a la captación por estructuras criminales o forzados a la migración irregular.

Presupuesto Estéril: Aunque el presupuesto para Educación en 2026 se proyecta en unos 47,000 millones de lempiras, el 85% se destina exclusivamente al pago de salarios. Esto deja una inversión casi nula para infraestructura, tecnología o formación de calidad.

El Negocio de la Salud y la Educación: ¿Proveedores de Insumos o de Insultos?

El argumento central de esta crisis es la opacidad. El sistema de salud, hermano gemelo en desgracia del educativo, ha sido el escenario de "negocios oscuros" donde se pagan facturas millonarias por medicamentos que nunca llegan a los estantes de los hospitales públicos.

En salud, la inacción tiene un costo humano y económico devastador. La desnutrición infantil, que afecta al 17.5% de los niños menores de cinco años con retraso en el crecimiento, le cuesta al país aproximadamente 938 millones de dólares anuales en pérdida de productividad y costos médicos. Un niño que no se alimenta bien en sus primeros mil días de vida es un niño cuyo cerebro no se desarrollará para romper el ciclo de la pobreza.

La Educación como Botín Político ¿Por qué no mejora la educación? Porque un pueblo educado es un pueblo que exige cuentas. El sistema ha sido manejado para satisfacer el clientelismo. Las plazas docentes y administrativas a menudo se otorgan por lealtad partidaria y no por capacidad técnica.

Mientras tanto, los "proveedores eternos" —esas mafias que se mencionan con justa indignación— se aseguran de que las licitaciones sean laberintos donde el dinero público entra y los beneficios sociales desaparecen. Se compran "insumos" que resultan ser "insultos" a la dignidad del pueblo: pupitres que se deshacen en meses, kits escolares incompletos y techos que filtran la lluvia sobre el futuro de la nación.

Si Honduras desea dejar de ser el país que "siempre paga pero nunca recibe", la ruta es clara pero difícil:

Despolitizar las Secretarías: La educación y la salud deben ser gestionadas por técnicos, no por activistas.

Transparencia Radical y Real: Digitalización de cada lempira invertido en compras públicas para eliminar a los intermediarios corruptos.

Inversión en Capital Humano: No basta con pagar salarios; hay que invertir en la calidad de lo que se enseña y en la nutrición de quien aprende.

La pobreza económica en Honduras es la sombra de una pobreza educativa alimentada por la corrupción. Mientras la educación siga siendo un botín y no un derecho, seguiremos condenados a repetir nuestra historia de carencia. Es hora de dejar de financiar el insulto y empezar a invertir en el intelecto.

Todo lo dicho hiela los huesos, a algunos nos produce terror, pánico y desespero. Pero no somos la mayoría. Para esta hay cosas más importantes que la salud y la educación, se llaman política y religión. Y mientras nuestros temores se diluyen en el peligro de la desaparición de la “democracia” y la “Iglesia”por los “comunistas”, otros que no son nada de eso, nos hunden y condenan a la miseria extrema.

Y usted que piensa?

MACH

02.05.26




jueves, 16 de abril de 2026

El club de Bilderberg

Desde 1954, cuando el Hotel de Bilderberg en los Países Bajos abrió sus puertas para la primera reunión oficial, el nombre de este selecto grupo ha evocado tanto prestigio como sospecha. Con una lista de invitados que parece sacada de una novela de espionaje , presidentes, monarcas, directores de la CIA, magnates de la tecnología y jefes de bancos centrales , el Club Bilderberg se ha convertido en el epicentro de un debate fascinante: ¿es una herramienta para la paz global o el taller de un "suprapoder" oculto?

Para entender este fenómeno, debemos analizarlo bajo las dos ópticas principales que dominan el discurso público. Desde la perspectiva oficial y de quienes defienden su existencia, el Club Bilderberg no es más que un foro de discusión informal. En un mundo hiperconectado pero fragmentado, este espacio permitiría que los líderes hablen con una franqueza imposible en sus cargos públicos. Se permite usar la información recibida, pero no revelar quién dijo qué. Esto fomenta el debate honesto sin miedo a que una frase fuera de contexto cause un desplome en la bolsa o una crisis política. Oficialmente, no se firman tratados ni se votan políticas. Es, en esencia, un grupo de estudio de alto nivel donde se discuten temas como la inteligencia artificial, la transición energética o la estabilidad económica. Su objetivo original era fortalecer los lazos entre América del Norte y Europa para evitar un nuevo conflicto global. Para sus defensores, es simplemente networking geopolítico..

Por el lado del enfoque conspirativo se cree que este grupo es un  "Suprapoder" que mueve los hilos de los hechos que ocurren en todo el planeta. En este otro extremo del espectro, el secreto que rodea las reuniones es el combustible perfecto para las teorías del complot. Aquí, Bilderberg no es un club de debate, sino el comité ejecutivo de la élite global. Según los investigadores de conspiraciones y críticos del sistema, el club opera bajo una agenda de globalismo radical. Las sospechas sugieren que en esas salas se decide quién será el próximo presidente de las potencias económicas mas importantes. Se dice que figuras como Bill Clinton o Tony Blair asistieron al club justo antes de ascender al poder absoluto. Algunos sugieren que el grupo tiene la capacidad de orquestar recesiones económicas o conflictos bélicos para beneficiar a las corporaciones que representan. La teoría principal sostiene que el objetivo final es la creación de un gobierno mundial único, erosionando la soberanía de las naciones para instaurar un nuevo orden tecnocrático. El problema no es lo que hacen, sino el hecho de que lo hagan en secreto mientras representan a instituciones públicas pagadas por los ciudadanos es un argumento común entre los críticos del club.

 ¿Por qué nos fascina (y nos asusta) tanto?

La realidad del Club Bilderberg probablemente se encuentre en un punto gris. La opacidad es su mayor pecado mediático: en la era de la transparencia total, que las personas más poderosas del planeta se encierren en un hotel rodeado de seguridad militarizada sin dar conferencias de prensa es, cuanto menos, provocador. Sin embargo, hay que distinguir entre la influencia y el control absoluto. Es innegable que cuando el CEO de Microsoft cena con el jefe del FMI, las ideas que intercambian moldearán el futuro; pero de ahí a pensar que tienen un "manual de instrucciones" para el planeta hay un salto lógico que requiere pruebas que, hasta hoy, siguen siendo circunstanciales.En conclusión el Club de Bilderberg seguirá siendo un imán para la controversia mientras mantenga su política de puertas cerradas. Ya sea que lo veas como una reunión de mentes brillantes tratando de salvar el mundo, o como una mesa redonda de villanos de película, una cosa es cierta: en esas salas se respira el aire del poder real.


Y tú qué piensas? 


MACH.


El famoso censo- cuando la paranoia de unos se convierte en la pesadilla de Juan Pueblo

  Dicen por ahí que "el pez por su boca muere", pero en la política catracha la frase aplica al suave: los humanos, en ese afán de...