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jueves, 14 de mayo de 2026

Porque un mundo de creyentes se hunde en la decadencia etica

 Vivimos en una paradoja global que desafía la lógica más elemental. Según las estadísticas demográficas, la gran mayoría de la población mundial se identifica con alguna forma de fe religiosa. En teoría, esto debería significar que caminamos sobre un suelo firme de valores compartidos: compasión, justicia, honestidad y respeto por la vida. Sin embargo, al encender la televisión,  abrir el periódico o navegar por las redes sociales, el paisaje es radicalmente distinto. Guerras justificadas por dogmas, conflictos territoriales bañados en retórica sagrada y, quizás lo más doloroso, una degradación sistemática de las instituciones que alguna vez consideramos los pilares de la civilización. Pareciera que estamos asistiendo a una involución deliberada, un proceso donde la política, la religión y la cultura han dejado de ser "nichos de prestigio" para convertirse en refugios de conveniencia para satrapas delincuentes. 

Hubo un tiempo —quizás idealizado, pero fundamentado en una estructura social clara— en que el acceso a la vida pública exigía un capital moral robusto. Ser político, líder religioso o referente cultural no era simplemente un empleo; era una distinción que se alcanzaba tras demostrar una vida de servicio, preparación y, sobre todo, una integridad a prueba de fuego. Los líderes eran los "crisoles" de los valores de su comunidad. Hoy, ese filtro parece haber desaparecido. Lo que antes era un honor reservado para los hombres y mujeres de mayor propósito, hoy es un botín en disputa. Es cada vez más común ver en las boletas electorales, en los púlpitos o en las direcciones culturales a personajes con pasados oscuros, sentencias judiciales a cuestas o confesiones de irregularidades que en otros tiempos habrían significado el exilio social definitivo. ¿Cómo llegamos aquí? La respuesta es tan amarga como la realidad misma, “la normalización del cinismo.” Hemos bajado tanto el listón de nuestras expectativas que la honestidad ya no se exige como requisito previo, sino que se celebra como una excepción milagrosa.

Resulta especialmente hiriente que las guerras sigan teniendo tintes religiosos en pleno siglo XXI. Si la creencia en un Dios implica reconocer una autoridad superior y un orden moral, ¿cómo se explica que el nombre de esa divinidad se use para empuñar el fusil? La religión ha sufrido una metamorfosis peligrosa: ha pasado de ser una brújula interna que guía el comportamiento individual hacia la virtud,  a ser un escudo externo que protege los intereses de grupo. Cuando la fe se politiza, deja de ser una búsqueda de lo trascendente para convertirse en una herramienta de identidad y exclusión. En este escenario, "creer en Dios" ya no significa necesariamente "ser bueno", sino pertenecer a un bando. Y en la guerra de bandos, el fin siempre justifica los medios, permitiendo que incluso los delincuentes sean vitoreados si defienden "nuestra" bandera. La política ha sufrido un destino similar. Originalmente concebida como el arte de buscar el bien común, se ha transformado en una técnica de adquisición y mantenimiento del poder a cualquier costo. La entrada de elementos criminales en la política no es un accidente de la democracia, sino un síntoma de su anemia. Cuando la sociedad civil se retrae por apatía o miedo, deja un vacío que es rápidamente llenado por aquellos que no tienen escrúpulos. Por otro lado, la cultura, que debería ser el espejo donde nos miramos para mejorar, a menudo se ha convertido en un espectáculo de lo banal o en un eco de la polarización. Ya no buscamos a los más cultos para que nos guíen; buscamos a los más ruidosos. La celebridad ha sustituido al prestigio.

La conclusión es la que más debería resonar en nuestra conciencia: la aparente indiferencia colectiva. ¿Realmente a nadie le importa que un delincuente confeso ocupe un cargo de alta responsabilidad? La realidad es que a muchos nos importa, pero estamos atrapados en un fenómeno de fatiga moral. La sobreexposición a la corrupción y al conflicto genera una especie de callo en el alma. Cuando la transgresión es la norma, la indignación se agota. Esta "congelación de los huesos" que sientes es la respuesta natural ante un sistema que parece premiar al astuto sobre el honesto, al delincuente sobre la ley.. Sin embargo, hay una distinción importante que hacer. El hecho de que los delincuentes busquen estos cargos no es lo más grave; lo verdaderamente crítico es que existan audiencias y electorados dispuestos a legitimarlos. Esto sucede cuando el ciudadano o el fiel prefiere a un "pillo de los míos" que a un "honesto del otro bando". Hemos sacrificado la ética en el altar de la ideología.

Hemos abandonado el propósito y si estamos en una involución, la única salida es una revolución de los valores básicos. No se trata de volver al pasado de manera nostálgica, sino de recuperar la exigencia de la excelencia moral. Necesitamos volver a la coherencia entre el credo y la conducta. Una fe que no produce ciudadanos más éticos es simplemente un folclore vacío. Es imperativo restaurar las consecuencias. La impunidad es el combustible de la involución. Sin mecanismos reales de rendición de cuentas, el sistema seguirá siendo un imán para los inescrupulosos. Debemos dejar de celebrar la "astucia" delictiva y empezar a premiar la integridad.

En conclusión.el mundo no se hunde por falta de dioses, sino por exceso de hipocresía. La creencia en una divinidad no es un sustituto del carácter, sino que debería ser su mayor refuerzo. Mientras sigamos permitiendo que nuestras instituciones sean ocupadas por quienes han demostrado no tener respeto por la ley ni por el prójimo, seguiremos sintiendo  ese frío en los huesos que produce nuestra realidad, día tras día. La solución empieza por romper el silencio y dejar de aceptar lo inaceptable. El prestigio no debe ser un adorno del pasado, sino una exigencia del presente. Si queremos detener esta involución, debemos volver a creer que la bondad y la capacidad no son negociables. Después de todo, el mayor pecado de nuestra era no es la falta de fe, sino la falta de vergüenza. 

Y usted que opina?

MACH

14.05.2026




lunes, 13 de octubre de 2025

El Miedo

Hace unos cinco años tuve la oportunidad de leer el libro “Sapiens. De Animales a Dioses “, escrito por Yuval Noah Harari, un eminente historiador, además escritor israeli, destacado por su forma de abordar la historia humana, la que según él se construyó por las narrativas, los mitos y las creencias compartidas por los grupos sociales. Es gracias al poder imaginativo de narrativas colectivas, según Noah Harari, que las sociedades consiguieron la capacidad de organizarse en torno a objetivos comunes qué al final produjeron el viaje de los sapiens desde el aparecimiento de la especie, hasta nuestros días. Noah Harari , postula en esta excelente obra , que desde el ayer de nuestra especie, hasta el hoy, han existido 3 órdenes o estructuras, a saber, la religión, el imperio y el dinero, que son los principales sistemas que han permitido la cooperación humana a gran escala y, por extensión, han administrado (y a veces justificado) la violencia. Llamó mi atención, poderosamente, la terminología, “administrar la violencia”, ya que por lo menos para mi , era algo nuevo , un enfoque  de la historia de la humanidad, teniendo como postulado central, la violencia.

Recientemente leía otra excelente obra literaria, escrita por Umberto Eco, “ El nombre de la Rosa”, en la cual Jorge de Burgos, un monje benedictino viejo y a la sazón, un poco loco, se a obsesionado por esconder el segundo libro de la Poética de Aristoteles, por considerar que promueve la risa, que mata al miedo, siendo este el mayor sustento de la fe. Y no pude dejar de recordar mi niñez , en cuanto el miedo a los castigos divinos fueron el mejor administrador de mis travesuras. No era tan importante, que el resultado de cualquier acto, fuese una paliza de alto nivel, sino el castigo divino que aquel acto podría provocar. Ah que tiempos aquellos, la fe entraba por el miedo, y creo que sigue siendo igual, de hecho ahora mismo doy fe  que uno de los versículos más repetidas por los creyentes es aquel en que se asegura que “ el principio de la sabiduría es el temor a Dios “.

Si obviamos la parte en la que el humano, es nómada, se traslada de un lugar a otro para sobrevivir con lo que temporalmente va encontrando, y nos concentramos en cuando se vuelve sedentario, podríamos afirmar que en él antes de nuestra raza, talves hubieron brotes de violencia, que no tuvieron mayor significado, ya que no existían estructuras organizacionales, que se pudieran ver afectadas, por hechos aislados, que en últimas no tendrían la capacidad de influir en la vida de la colectividad. Con la llegada del sedentarismo, aparece la agricultura, nace la propiedad privada, y con esta el comercio y el primer sistema económico, el esclavismo. Y es aquí en este momento cuando la violencia, aparece como un problema que amenaza, las , ya ahora si, nuevas estructuras sociales. Ya nada es común, ahora es el esclavista quien es dueño de todo, se establece por tanto una diferencia entre el amo y los esclavos, y aparecen los primeros conatos de rebelión. Es necesario controlar y administrar la violencia que la novedosa organización social y económica trae consigo, y es aquí, donde la religión aparece como primer sistema para administrar aquella. A través de la religión se hacen guerras, se despojan a los más débiles, y se les esclaviza, bajo la premisa, que es la voluntad de Dios. La iglesia en este periodo y los posteriores se vuelve un aliado imprescindible del poder sometedor. Pero nada dura eternamente, y el poder extorsionador de las amenazas del castigo divino, con el tiempo perdió fuerza, lo que obligó a la aparición del siguiente sistema de Noah Harari , para administrar la violencia de la especie. 

El imperio, el poder político, viene a salvar la situación. La inevitable caída y desaparición del esclavismo, siembra la semilla del feudalismo, quien ya no solo se sirve de la iglesia para administrar la violencia a través del miedo al castigo divino, sino que incorpora un nuevo elemento disuasivo, las armas. Quien no tenía miedo de Dios, ahora se enfrentaba a un nuevo temor, a la represión y el castigo humano, a merced de las armas. Mucho tiempo transcurrió, hasta que también está combinación empezó a dar muestras de no ser suficiente, la semilla de la rebelión seguía haciendo ebullición dentro de las mentes de los sapiens, por lo que la inexorable rueda de la historia, giró de nuevo, provocando la llegada del tercer sistema, mencionado por Noah Harari , el dinero.

Con la llegada del capitalismo como sistema económico, aparece el dinero, que se une a la religión y el imperio, para administrar la violencia de los hombres. Ya no es el miedo a Dios, ni a las armas, ahora es una de las ficciones colectivas más poderosas que permite la cooperación efectiva a gran escala entre personas que no se conocen ni confían entre sí, el dinero. Esta capacidad de generar confianza universal dada al dinero, independientemente de la religión y la cultura ha sido fundamental para el desarrollo de sociedades complejas y vastas, sustituyendo la necesidad de coerción y el uso de la fuerza como el principal mecanismo de organización social. Al establecer un medio universal de intercambio de valor, el dinero permite la cooperación pacífica a través del intercambio y el crédito, el dinero (como otros sistemas de creencias compartidas, como los estados o las leyes) funciona como un sustituto de la violencia para organizar la vida humana compleja , siempre apoyado en últimas por el miedo a Dios y las armas.

Es así cómo podemos establecer una relación inextricable entre el camino histórico y la raza humana. Perviven aún los miedos a los castigos divinos, a los pretendidos cambios en las formas de gobernar, en nuestra organización social, y en todas aquellas áreas en las que el pensamiento y los sentimientos de rebeldía, quieran incursionar, sobre todo cuando estas acciones rebeldes amenacen el estado de cosas. Esta es nuestra historia, una historia que hasta hoy sigue siendo moldeada por el miedo, de los tres sistemas al servicio del poder, la religión, el imperio y el dinero. Que le parece?

Déjenos su opinión.

MACH



La fábrica de pobreza sigue a toda marcha y el silencio nos hace cómplices.

A veces la vida te frena en seco cuando menos te lo esperas. El otro día estaba tan tranquilo, entretenido leyendo un poco para despejar la ...