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miércoles, 19 de agosto de 2026

Del púlpito al solio: La eterna trampa del poder y la fe

 Nos vendieron la idea de que la democracia moderna es el triunfo de la razón y la libertad. Nos dijeron que la separación entre la Iglesia y el Estado era un hecho consumado, un pilar indestructible del progreso. Pero si abrimos los ojos y miramos la jugada con un poco de picardía y sentido común, nos damos cuenta de que nos están haciendo la trampa del siglo. La alianza entre los que mandan y los que rezan no es una novedad del mes pasado: es el negocio más viejo del mundo, una jugada perfecta que lleva milenios funcionando a pedir de boca. Desde que el ser humano inventó las primeras cadenas en la época del esclavismo, los dueños del dinero y de las tierras entendieron algo fundamental: la fuerza bruta sirve para amedrentar, pero la fe sirve para domesticar. Un látigo te rompe la espalda, pero una buena prédica te rompe la voluntad. Así nació esta sociedad ilícita donde el gobernante pone las leyes y el sacerdote pone el perdón divino. En los albores de la historia, la diferencia entre el trono y el altar simplemente no existía. El rey gobernaba porque “Dios lo quería así”, y el cura bendecía la corona a cambio de una tajada del pastel. Avanzamos hacia el feudalismo y la cosa no cambió ni un milímetro: señores feudales y obispos se repartían el sudor de los campesinos con la misma frialdad. Llegó el capitalismo con sus discursos de modernización, libertad de mercado y derechos individuales, pero la vieja costumbre de sentarse a la mesa del poder siguió vivita y coleando. El menú cambió, pero los comensales siguen siendo exactamente los mismos.

El matrimonio perfecto: Capitalismo y 'sucedáneos de Dios'

Durante un tiempo, las élites intentaron disimular el romance. Después de todo, el sistema económico actual es incapaz de garantizarle comida, vivienda y dignidad a la mayoría de la gente. Para que unos pocos vivan como reyes en sus palacios de cristal, la gran masa tiene que apretarse el cinturón y aguantar el hambre. ¿Cómo mantienes a millones de personas trabajando por sueldos de miseria sin que armen una revolución cada lunes? Ahí es donde entra la religión institucionalizada, cumpliendo el rol del anestésico perfecto. Hoy en día, el brazo derecho del poder político en Occidente es un híbrido de lo más conveniente. Por un lado tenemos al catolicismo tradicional y a la rama ortodoxa; por el otro, a ese fenómeno inflado y ruidoso que son las sectas y movimientos evangélicos. Estos personajes, que se presentan como los únicos y legítimos voceros de Dios en la Tierra, se han convertido en el motor ideológico de la derecha más rancia. Se pasean por los pasillos de los congresos, se toman fotos con presidentes corruptos y negocian votos a cambio de exenciones fiscales y favores políticos. Son los perfectos peones de la democracia representativa: mantienen a la gente tranquila, adormecida y alineada con los intereses de las élites financieras.

La estafa teológica del sometimiento

El truco de magia que utilizan estos predicadores de feria es tan viejo como efectivo. Han tomado la fe de la gente humilde y la han convertido en una herramienta de extorsión emocional y política. Su argumento estrella para justificar la tiranía y la desigualdad se resume en una frase que repiten hasta el cansancio: “Toda autoridad es impuesta por Dios”. Según esta lógica retorcida, si el gobernante de turno te quita la salud pública, te sube los impuestos y privatiza hasta el agua que tomas, no tienes derecho a protestar. Quejarte contra la injusticia social es, según ellos, rebelarte contra la voluntad divina. Así de fácil desarman cualquier intento de organización comunitaria o protesta ciudadana. Para rematar la faena y consolidar la resignación, sacan a relucir su interpretación conveniente de las escrituras: “Bienaventurados los pobres, porque ellos recibirán la corona de victoria”. En resumen, el mensaje que transmiten desde sus suntuosos templos es claro: acepten la miseria en este mundo, aguanten el hambre y la explotación con una sonrisa en la cara, porque allá en el cielo les tienen guardada una nube bonita y una arpa plateada. Es una estafa monumental. Mientras los pastores y obispos de la prosperidad acumulan riquezas, viajan en jets privados, usan trajes de diseñador y viven como auténticos reyes de la antigüedad, le exigen al trabajador de a pie que entregue el diezmo de lo poco que le queda y que acepte su pobreza con santa resignación.

La máquina de hacer pobres

Mientras este teatro bufo se representa en los templos y en las pantallas de televisión, los políticos de derecha que se llenan la boca hablando de "libertad", "familia" y "democracia" hacen su trabajo sucio tras bambalinas. Se hacen con el control de las instituciones, desmantelan los derechos laborales y apresuran a marchas forzadas la fábrica de generar pobreza. Hay que reconocerles algo: si en algo son ridículamente eficientes la democracia liberal y el capitalismo salvaje, es en multiplicar la miseria. Necesitan una masa empobrecida, desesperada y dispuesta a aceptar cualquier trabajo miserable con tal de llevarse un mendrugo de pan a la boca. Y para que esa masa no se levante en armas y quiebre el sistema, ahí están los sacerdotes y pastores del régimen, listos para aplicar la dosis diaria de fe alienante. Pasamos del látigo del capataz en las plantaciones esclavistas al chantaje emocional en los cultos dominicales. La estrategia no ha cambiado en miles de años: el rey te quita el pan y el cura te convence de que pasar hambre es la mejor forma de ganarte el cielo. Hasta que no entendamos que la verdadera libertad empieza por romper las cadenas mentales que nos imponen desde el altar y desde el gobierno, seguiremos siendo los espectadores cautivos y los pagadores de esta comedia barata.

Y usted como ve este asunto; dejenos su opinión.

MACH

19.08.26


lunes, 17 de agosto de 2026

El aplauso del hambriento: Por qué defendedemos a los mismos que nos atan de manos

 Y aquí estamos otra vez, metidos en el mismo bucle sin fin. Parece un guion repetido con mala intención. Basta mirar un poco hacia atrás en Honduras para sentir un deja vú amargo: un gobierno saliente aguantando el vendaval de un ataque mediático feroz, orquestado desde las trincheras de siempre. Las cúpulas de siempre —esa alianza no escrita entre la élite empresarial, política y religiosa— muestran los dientes porque sintieron que les tocaron el bolsillo o, peor aún, que dejaron de ser el ombligo del mundo. La paradoja es casi poética, si no fuera porque duele en el día a día: cuando un gobierno comete el «craso error» —tal como advertía Maquiavelo en El Príncipe— de intentar gobernar recostándose en el pueblo y no en los poderosos, las élites no perdonan. Maquiavelo lo dejó clarísimo hace siglos: quien se apoya en los grandes se sostiene sobre arena movediza, porque ellos siempre quieren más de lo que se les puede dar sin oprimir al resto; en cambio, el pueblo solo pide una cosa básica: que no lo opriman. Pero cuando el poder busca sintonizar con la base, los de arriba despliegan toda su artillería mediática para convencer al hambriento de que quien le ofrece un plato de comida es, en realidad, su enemigo. Ahora bien, la pregunta del millón, la que a cualquiera le saca canas verdes y revolvimiento de estómago, no es por qué los poderosos defienden sus pingües negocios. Eso es predecible, casi instintivo en la ambición humana. La verdadera incógnita, la que quita el sueño a cualquiera que tenga dos dedos de frente, es otra: ¿por qué la masa empobrecida, el ciudadano de a pie que sufre el transporte público arruinado, la canasta básica por los cielos y el hospital sin medicinas, termina haciendo fila para aplaudir a sus propios verdugos? Para entender este fenómeno sin caer en la tentación fácil de decir simplemente que «la gente es tonta», hay que meterse en los pasillos de la psicología social. Fue hasta que me topé con la Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner en los años 70, que las piezas del rompecabezas empezaron a encajar con una claridad tan escalofriante como reveladora.

La trampa de la pertenencia: Antes muertos que solos

Tajfel y Turner no estaban pensando en la política hondureña cuando armaron su teoría, pero vaya que la describieron al detalle. Básicamente, lo que estos psicólogos demostraron es que los seres humanos no somos entes aislados que tomamos decisiones frías y calculadas en una hoja de Excel. Somos animales comunitarios. Necesitamos, con una urgencia casi biológica, sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. La Teoría de la Identidad Social explica que nuestra autoestima se construye en gran medida a partir de los grupos a los que pertenecemos: nuestro "ingrupo" (los míos) en oposición a los "outgrupos" (los otros). Y aquí viene el nudo del asunto: cuando la vida cotidiana te niega victorias individuales —cuando el trabajo no alcanza, cuando la educación no te abrió puertas, cuando la movilidad social es un chiste de mal gusto—, la necesidad de validación se traslada completita a la identidad grupal. Si la vida no te da logros propios de los cuales sentirte orgulloso, te aferras con uñas y dientes a los triunfos, aunque sean ficticios, de tu grupo. Y si ese grupo es un partido político, una secta, un club o una bandera, la lealtad deja de ser una opción racional y se convierte en un salvavidas emocional. Ahí es donde el corrupto gana la partida antes de jugar. La necesidad de pertenecer y ser validado por la tribu es tan jodidamente poderosa que termina aplastando el sentido común. El de abajo prefiere dar por bueno el chanchullo del líder con tal de no perder su carnet simbólico de pertenencia. Aceptar que el líder de tu partido es un delincuente no es solo admitir un hecho político; para la psique de un militante, equivale a admitir que él mismo ha sido un tonto, que su tribu es una cueva de ladrones y que su propia identidad no vale nada. Y el cerebro humano hará acrobacias mentales increíbles antes de permitirse sentir semejante nivel de humillación.

El sesgo del militante: Aceptar la podredumbre por dentro, negar el grito por fuera

Esto lo vemos a diario en la calle, en los chats de WhatsApp familiares y en las mesas de café. Hablemos con la verdad: el militante de a pie no es ciego. Salvo excepciones de fanatismo extremo, la mayoría sabe perfectamente hacia dónde se van los fondos públicos. Por dentro, en el fuero interno, aceptan la verdad. Saben que el diputado por el que votaron se enriqueció de la noche a la mañana, ven las casonas, los carros del año y la impunidad descarada. Lo aceptan en silencio, con un suspiro resignado o una mueca de cinismo. Pero hacia afuera... ah, hacia afuera la historia es otra. Hacia afuera se activa la famosa "identidad de cuerpo". Es exactamente el mismo comportamiento que se observa en las estructuras policiales o militares. Dentro del cuartel o de la delegación, todos conocen al compañero que cobra la extorsión, al superior que se queda con el presupuesto del combustible o al que abusa del poder. Pero frente al juez, frente a la prensa o frente a la ciudadanía, la consigna es el silencio sepulcral y la defensa a ultranza. Romper filas es el pecado capital. El que habla es un traidor; el que denuncia es expulsado del paraíso del grupo y arrojado a la soledad. En la política partidaria pasa exactamente lo mismo. El militante niega la evidencia más descarada de corrupción no porque crea genuinamente que su líder es un santo bendito, sino para evitar que la sociedad lo catalogue a él como cómplice o miembro de una banda de criminales. Es un mecanismo de defensa psicológico: si acepto que mi partido está podrido, acepto que yo soy parte de la podredumbre. Por lo tanto, prefiero gritar que todo es un «ataque de la oposición», una «persecución política» o una «invento de los medios», antes que mirar al espejo y reconocer la realidad. La actitud crítica dentro de estos colectivos no es solo escasa: está castigada. Cuestionar al jefe es poner en riesgo la cohesión de la tribu. Y en un país donde las oportunidades son escasas, estar fuera de la tribu significa quedarse congelado en la intemperie social y económica.

El festín de las cúpulas a costa del orgullo ajeno

Mientras este drama psicológico se juega en los barrios y colonias, las cúpulas miran el espectáculo desde sus torres de cristal, frotándose las manos. Saben usar la psicología de masas mejor que cualquier académico. Conocen la vulnerabilidad del ciudadano común y la explotan sin el menor remordimiento. Para las élites —esas que han mantenido a Honduras como su finca privada durante décadas—, no hay nada más peligroso que un pueblo que piense en términos de clase o de derechos universales. Por eso, su estrategia favorita es la polarización tribal. Les conviene que la gente se defina como «rojos», «azules» o «amarillos» antes que como ciudadanos despojados de sus derechos elementales. Cuando un gobierno intenta romper esa dinámica y busca estructurar políticas públicas dirigidas verdaderamente al bienestar colectivo, el sistema entero enciende las alarmas. El poder mediático, financiado por los grandes capitales y bendecido en no pocas ocasiones desde los púlpitos, activa la máquinaria mediatica. Crean narrativas del miedo, manipulan símbolos patrios o religiosos y le dicen al poblador empobrecido: "Cuidado, que te van a quitar lo poco que tienes", cuando en realidad son ellos los que le han quitado todo durante generaciones. Y el ciudadano, atrapado en su necesidad de validación y atenazado por el miedo a la exclusión, termina marchando codo a codo con el empresario que evade impuestos, con el político que saqueó el seguro social y con el líder religioso que vende milagros y profecias a cambio de diezmos de miseria. Se da el fenómeno grotesco del oprimido protegiendo el privilegio del opresor, creyendo sinceramente que al hacerlo está defendiendo su propia dignidad.

Romper el hechizo: De la tribu a la ciudadanía. Partidarios o cómplices!

¿Hay salida a esta trampa mental? La hay, pero el camino es largo y pasa por un proceso doloroso de desaprendizaje. El primer paso es entender que la lealtad política no es una virtud cuando se convierte en complicidad. No le debemos lealtad a los colores de un partido, ni a la figura de un caudillo, ni a la marca de un grupo. La lealtad, en una democracia sana, se le debe a los hechos, a la ética y al bienestar colectivo. Necesitamos empezar a separar nuestra autoestima personal de las siglas de una organización política. El día que el ciudadano común entienda que señalar la corrupción de sus propios líderes no lo convierte en un traidor, sino en un patriota con criterio, las cúpulas perderán su arma más poderosa. El verdadero orgullo no se encuentra en ondear la bandera de quienes nos han sumido en la miseria para sentir que pertenecemos a algo. El verdadero orgullo nace cuando tenemos la valentía de decir: "Esto está mal, lo haga quien lo haga". Mientras no demos ese paso, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso, viendo cómo los de arriba se reparten el pastel mientras los de abajo peleamos por las migajas, aplaudiendo con entusiasmo al mismo tipo que nos está sacando la billetera del bolsillo.

Déjenos su opinión…

MACH

17.08.26


La fábrica de pobreza sigue a toda marcha y el silencio nos hace cómplices.

A veces la vida te frena en seco cuando menos te lo esperas. El otro día estaba tan tranquilo, entretenido leyendo un poco para despejar la ...