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jueves, 11 de junio de 2026

¿Tiene Honduras fecha de caducidad? Entre el latrocinio de hoy y la profecía de Harari

Hace poco más de un año, en los pasillos y oficinas del organismo electoral de Honduras, se venía cocinando un fraude de proporciones monumentales. No era un secreto a voces; era una coreografía tan grotesca y gigantesca que perfectamente pudo haberse visto con claridad desde la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, ocurrió algo curioso: para los grandes paladines de la democracia global —sí, me refiero a los Estados Unidos de Norteamérica y a la Comunidad Europea— el elefante en la habitación fue completamente invisible. Miraron para otro lado con una miopía diplomática digna de campeonato. Hoy, a unos seis meses de que ese fraude se consumara por completo, el panorama es de una claridad pasmosa y dolorosa. Pasó exactamente lo que anunciaban aquellos audios que circularon masivamente y que muchos quisieron tildar de paranoias o conspiraciones. No eran inventos. Era la crónica de una estafa anunciada. Con la llegada al poder de los usurpadores, liderados por esa cúpula perjuiciosa, corrupta y profundamente dañina del Partido Nacional —una organización que parece genéticamente incapaz de alcanzar el poder por la vía democrática limpia, recurriendo siempre al juego sucio y al descaro—, el país entró en una nueva fase de su vía crucis. Desde que tomaron el control de los hilos de la nación, hemos sido testigos de dos fenómenos tan interesantes como deprimentes. Dos dinámicas que nos obligan a sentarnos a pensar qué diablos va a pasar con nosotros.

El primer acto de esta tragicomedia es el desmantelamiento express y el retorno de los trucos contables. Es un  hecho innegable de estos seis meses ha sido el inicio del desmantelamiento sistemático y el latrocinio de lo poquísimo que quedaba en pie en este territorio llamado Honduras. Da la impresión de que llegaron con prisa, como el ladrón que sabe que el dueño de la casa puede despertar en cualquier momento. Por un lado, montaron un circo de persecución contra los opositores mediante una serie de juicios políticos. Pero seamos claros: estas no son más que charadas, obras bufas, teatros de pésima calidad donde los jueces y los acusadores siguen un guion ridículo. No buscan justicia; buscan silenciar, amedrentar y asentar su poder a la fuerza. Mientras el ojo público se entretiene con el melodrama de los tribunales, con la mano izquierda empezaron a vender al mejor postor los últimos retazos de la propiedad pública. Y para rematar la jugada maestra del saqueo, estamos viviendo un descarado regreso a los fideicomisos con los bancos. ¿Por qué insistir en este mecanismo? Muy sencillo: porque es la alfombra perfecta para esconder el dinero público. El fideicomiso privatiza el manejo de los fondos estatales, volviendo invisible el rastro del dinero y blindando la información bajo el manto del secreto bancario y comercial. Así, Juan Pueblo se queda mirando la nada, sin saber cuánto entró, cuánto salió, ni a qué cuentas particulares fue a parar el fruto de sus impuestos. Es el robo institucionalizado y con sello de confidencialidad.

La maquinaria electoral que nunca duerme,el segundo acto de la tragicomedia. Esto raya en lo macabro si uno lo analiza con cabeza fría, es que desde hace ya varios meses los seudo políticos de siempre —tanto los que supuestamente ganaron como los que supuestamente perdieron— ya andan metidos en los barrios y colonias. No andan buscando soluciones para el agua, la luz o la falta de empleo que agobia a la gente hoy mismo. ¡Qué va! Andan estructurando sus grupos de apoyo para las elecciones de dentro de cuatro años. Es una escena surrealista. El país se está hundiendo, la gente está migrando a borbotones, el dinero no ajusta para la canasta básica, pero los operadores políticos ya están repartiendo promesas baratas, camisetas y bolsas de comida clorada para asegurar el voto del futuro. Y aquí es donde a cualquiera que tenga dos dedos de frente le asalta una pregunta inevitable y amarga: ¿Cuál es el futuro de un país con esta clase política? Por un lado, tenemos a los que están ahora, instalados por la fuerza y el engaño, robando a manos llenas y sin el menor rastro de vergüenza. Por el otro, tenemos a la supuesta alternativa, planificando pacientemente el camino para hacerse con el poder dentro de unos años, pero no con el objetivo de cambiar las cosas, sino con la única y exclusiva meta de llegar a hacer exactamente lo mismo que los actuales. Es un relevo de saqueadores. Una rueda de la fortuna donde lo único que cambia es el nombre del que te mete las manos en el bolsillo.

Ante este callejón que parece no tener salida, es imposible no ponerse un poco filosófico, o al menos, fatalista. Hace unos años, se volvió muy viral una entrevista del célebre historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari. Entre sus muchas proyecciones sobre el impacto de la inteligencia artificial, el cambio climático y la geopolítica global, Harari soltó una frase lapidaria que a muchos nos dejó helados: afirmó que para el año 2050, Honduras ya no existiría como país. En su momento, muchos pegaron el grito en el cielo, acusándolo de exagerado o de ignorar la resiliencia de los pueblos soberanos. Pero si nos detenemos a mirar los hechos actuales sin el sesgo del nacionalismo ciego, la pregunta se vuelve urgente: ¿Será esta una profecía que nos tocará ver cumplida en vida? Cuando Harari habla de la desaparición de un país para mediados de este siglo, no se refiere necesariamente a que vendrá un terremoto y nos tragará el mar, ni a que las fronteras geográficas serán borradas del mapa de la noche a la mañana por una invasión extranjera. El concepto es mucho más sutil y destructivo: habla de la inviabilidad estatal. Un país deja de existir cuando sus instituciones se vuelven cascarones vacíos, cuando su economía es puramente de subsistencia y remesas, y cuando el Estado pierde por completo la capacidad de garantizarle a sus ciudadanos lo más básico: seguridad, salud, educación y un proyecto de futuro. Con el ritmo de destrucción institucional que llevamos en estos últimos seis meses, acelerando el paso de lo que ya se venía haciendo mal en las últimas décadas, Honduras se encamina a convertirse en un "no-lugar". Un territorio habitado, sí, pero gobernado por mafias locales, corporaciones transnacionales sin control y élites cleptócratas que operan en la impunidad total, mientras la clase media y trabajadora termina de huir hacia el norte o se resigna a sobrevivir en la miseria. Si la única propuesta de la oposición para los próximos cuatro años es imitar el modelo de latrocinio y opacidad bancaria de los que mandan hoy, entonces la profecía de Harari no es una predicción audaz; es simplemente una deducción matemática simple. Un país no puede sostenerse en el tiempo si su única industria eficiente es la fábrica de pobres y la exportación de seres humanos.

Escribo esto no para sembrar el desánimo, sino porque maquillar la realidad a través de un blog sería complicidad. El diagnóstico es grave. Estamos atrapados entre unos usurpadores que actúan con la voracidad de quien sabe que el tiempo corre, y unos conspiradores de barrio que ya afilan los dientes para el próximo turno en el banquete del presupuesto general. El 2050 está a la vuelta de la esquina. Si seguimos permitiendo que las charadas políticas, los juicios de mentira y los fideicomisos oscuros definan las reglas del juego, la fecha de caducidad de nuestra nación estará sellada. La verdadera batalla no es dentro de cuatro años en las urnas que ellos mismos controlan y adulteran; la batalla es hoy, desnudando sus mentiras, rechazando sus dinámicas clientelares y entendiendo, de una vez por todas, que si no rescatamos lo público de las manos de esta cúpula dañina, el mapa del futuro se quedará sin el nombre de Honduras.

Y usted que piensa.

MACH
11.06.2026




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