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martes, 26 de mayo de 2026

La insoportable levedad de la moral diplomática: El show de la OEA y el castigo a Honduras

¿Alguna vez han sentido esa mezcla de risa amarga y ganas de apagar las noticias cuando ven a un político dar discursos sobre la honestidad? Es una sensación incómoda, casi física. Te da vueltas el estómago. Eso fue exactamente lo que me pasó hace un par de días mientras navegaba por internet y me topé con una publicación de Infobae. Resulta que el embajador de los Estados Unidos ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) anda escandalizado. Sí, leyeron bien: escandalizado. Al parecer, se enteró de supuestos manejos turbios y corruptos por parte del actual secretario general de la organización. La historia que pintan parece de telenovela adolescente, pero con sacos de miles de dólares y diplomáticos de carrera: primero, el embajador va, le reclama en la cara y le mete un regaño de padre estricto. Después, ni corto ni perezoso, agarra el teléfono y, a través de un grupo de WhatsApp donde están los embajadores de los otros países miembros, empieza a armar un cabildeo. ¿El objetivo? "Adecentar" la secretaría general y armar el plan para quitar de en medio al actual mandatario de la OEA. Qué bonito suena todo en el papel, ¿verdad? El gran paladín de la justicia, preocupado por la transparencia de un organismo internacional, limpiando la casa. Pero cuando uno rasca un poquito la pintura de esa fachada de pureza, lo que queda al descubierto es una hipocresía tan grande que no cabe en todo el continente.

A mí no me sorprende que haya corrupción en los pasillos de Washington o de la OEA; a estas alturas del partido, nadie es ingenuo. Lo que me revuelve el estómago es el descaro de querer erigirse, una vez más, como los jueces morales del mundo mientras cargan con un saco lleno de decisiones nefastas que hunden a países enteros. En este caso, hablemos con nombre y apellido de la víctima favorita de este doble juego: Honduras. Es increíble cómo el país que hoy se rasga las vestiduras por unos chats de WhatsApp o por los manejos de la secretaría de la OEA, es el mismo que tiene una política exterior que parece escrita por un guionista de historias de terror. Miremos hacia atrás, pero no muy lejos, solo lo suficiente para refrescar la memoria. Hablemos de Juan Orlando Hernández (JOH). Un personaje que todo el mundo sabe cómo terminó: encontrado culpable y condenado por el propio sistema judicial de los Estados Unidos por narcotráfico a gran escala. Un tipo que convirtió a su país en un puente para exportar  toneladas de cocaína hacia Estados Unidos. Pues bien, resulta casi grotesco recordar que este terrible narcotraficante, en su momento, contó con el respaldo, el oxígeno político y los indultos tácitos de la misma potencia que hoy quiere "adecentar" la OEA. Durante ocho años, el indultado por la geopolítica se metió por la fuerza en la casa presidencial de Honduras, y lo hizo con el visto bueno y el empujón de quienes hoy se dan baños de pureza. ¿Y qué pasó después de que el sistema judicial estadounidense se vio obligado a juzgarlo porque el agua ya les llegaba al cuello? ¿Cambiaron las cosas? Para nada. La receta se repitió.

Hace apenas unos seis meses, Honduras volvió a ser el escenario de una obra de teatro macabra. Mediante un fraude descarado y a la vista de todo el mundo, se impuso en el poder a un gobernante que pertenece exactamente al mismo partido político de JOH. Sí, al mismo grupo. No estamos hablando de una simple coincidencia política o de un cambio de timón democrático. Estamos hablando de que la cúpula entera de esa organización política, la cual en su momento fue señalada prácticamente como una estructura criminal organizada, sigue moviendo los hilos en nuestro pobre pais. Muchos de sus miembros tienen hoy en día casos abiertos y cuentas pendientes en los mismísimos tribunales de Honduras. No son sospechas de pasillo; son realidades judiciales. Y aquí es donde la tuerca da su giro más doloroso: mientras el embajador estadounidense se pasa el día mandando mensajitos de texto para ver cómo limpia la OEA, su gobierno avaló y permitió que se pisoteara la voluntad del pueblo hondureño. Con una mano firman el reconocimiento de un gobierno nacido del fraude y, con la otra, redactan discursos sobre los valores demócratas y la integridad institucional.

La consecuencia de esta doble moral no la sufren los diplomáticos que viven en Washington con sus sueldos exentos de impuestos y sus cenas de gala. La consecuencia la sufre la gente de a pie en los barrios de Tegucigalpa, de San Pedro Sula y de cada rincón de Honduras. Al avalar este tipo de gobiernos, lo que Washington y la OEA están haciendo, en la práctica, es condenar a Honduras a ser gobernada por una auténtica banda de delincuentes. Un grupo cuyo único y exclusivo propósito de año nuevo es terminar la tarea que dejaron a medias: repartirse los bienes públicos que no alcanzaron a robarse durante los ocho años en que JOH usó la silla presidencial como su centro de operaciones, protegido por el silencio cómplice de sus aliados del norte. Es un saqueo institucionalizado. Es ver cómo desmantelan los hospitales, cómo se roban los fondos para las escuelas y cómo privatizan lo poco que queda de valor, mientras los organismos internacionales miran para otro lado o mandan misiones de observación que no sirven para maldita la cosa. Mientras en las altas esferas internacionales se juegan batallas de egos y se mandan mensajes para salvar las apariencias, en la realidad de la calle, las decisiones de esos "paladines" significan más muerte, más pobreza, más migración forzada y más impunidad.

A fin de cuentas, lo que nos deja este panorama es una profunda lección de realismo político, de ese que duele. La OEA ha demostrado una y otra vez que no es más que un club de amigos que se usa según convenga el día de la semana. Si el secretario general de turno les estorba o ya no es útil para sus intereses, buscan cualquier excusa para "adecentar" el lugar y sacarlo por la puerta de atrás. Pero si un dictador o un partido plagado de corrupción les es útil para mantener el control en la región, no tienen ningún problema en mirar hacia un lado, validar fraudes y dejar que un país entero se hunda en la delincuencia estatal. Ya va siendo hora de que dejemos de tragarnos el cuento de que estos organismos y sus representantes actúan por el bien de la democracia. No hay valores, no hay honestidad y mucho menos hay integridad en sus acciones. Lo que hay es conveniencia fría y dura. Ojalá que el embajador guarde un poco de esa indignación que muestra en sus chats de WhatsApp y la use para mirar lo que sus políticas provocan en Centroamérica. Porque limpiarse las manos en Washington mientras dejas las huellas sucias en Honduras no es diplomacia; es, simplemente, una burla descarada a la dignidad de todo un pueblo.

¿Qué opinas sobre este doble rasero que se maneja en la diplomacia continental?


MACH

26.05.26



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