Dicen por ahí que "el pez por su boca muere", pero en la política catracha la frase aplica al suave: los humanos, en ese afán desenfrenado por sobresalir y aparentar que nos las sabemos todas, soltamos cada barbaridad por la boca de la que después terminamos siendo completitos esclavos. Prometemos villas y castillos, señalamos con el dedo, nos rasgamos las vestiduras como en obra de teatro barato y, al final, la realidad nos explota en la mera cara. ¿Se acuerdan de la cantaleta de hace un par de años? Los críticos de siempre, esa manada de zombis que solo saben repetir como loros los guiones que les mandan los de arriba —los mismos que le sacan el jugo al poder y se dan la gran vida a costillas del pueblo—, salían a la calle pegando el grito en el cielo. Decían a voz en cuello, echando espuma por la boca, que el gobierno anterior era comunista. Juraban por la Virgencita que el plan maquiavélico número uno era convertir a Honduras en una segunda Cuba, tomándose el control de los tres poderes del Estado y metiéndonos la doctrina hasta en la sopa. Pasó el tiempo, terminó ese gobierno y la famosa "amenaza cubana" jamás se materializó. Mucha bulla y pocas nueces. Ah, pero la verdadera sorpresa venía guardada bajo la manga. Lo que sí ocurrió —y nos cayó como balde de agua helada— fue lo que vimos apenas entró la nueva administración. Una maquinaria bien engrasada, fina para el mandado, empezó a mover sus piezas. Sin pena ni gloria, empezaron a desechar una por una las imputaciones de cargos por narcotráfico a todos los socios, aleros y compadres del deleznable indultado. De la noche a la mañana, los que antes tenían un pie en la cárcel terminaron limpios como una patena. Una jugada maestra del cinismo político. Pero no nos engañemos, la cosa no se detuvo ahí. En su afán de superar cualquier libreto autoritario, estos personajes no se conformaron con la idea de parecerse a Cuba; decidieron superarla con creces. ¿La nueva brillante idea? Diseñar un censo. Un supuesto censo "poblacional, social y económico" vendido con serpentinas, bombos y platillos. Y como siempre pasa en esta tierra del indio Lempira, Juan Pueblo no entiende. Y la verdad sea dicha: ¡nunca entiende! Juan Pueblo sigue cayendo en la misma trampa, sin darse cuenta de que de estos sátrapas, de la gente que está encaramada arriba comiendo con cuchara grande, jamás de los jamases va a salir algo bueno para los de abajo.
Nos lo quieren vender como la panacea, el proyecto que por fin va a sacar del estancamiento a las comunidades olvidadas. Nos dicen con cara de compungidos que necesitan recolectar datos para "focalizar el desarrollo", llevar el agua potable, pavimentar la callecita y mejorar las escuelas. Pura paja procesada. Lo que está debajo de la alfombra es algo mucho más oscuro y calculadamente mañoso. Entre los verdaderos objetivos de este juguetito censal está algo muy concreto: georreferenciar. Sí, así como lo oye. Quieren la dirección exacta, con coordenadas de satélite, de los opositores políticos. Quieren saber en qué casa duermen, qué comieron hoy, qué posesiones tienen y en qué esquina exacta están ubicados. Nada de esto es casualidad; es el mapeo detallado del enemigo interno para tenerlo agarrado del cuello al menor intento de protesta. Pero la peinada no es solo para la gente metida en política. La red es tan ancha que salpica a cualquiera. Este censo lleva dedicatoria especial para aquellos que un día, ahogados por la necesidad, la falta de empleo o una emergencia médica, tuvieron que ir a meter la cabeza a un banco a pedir un préstamo y que, por las vueltas duras que da la vida, no pudieron seguir pagando las cuotas. Se busca localizar al endeudado, al que debe la tarjeta, al que le debe a la financiera de la esquina. No nos engañemos: este censo no es para repartir la riqueza ni para ver dónde se construyen más hospitales. Es, ni más ni menos, un arma política y financiera diseñada milimétricamente para jorobar aun más a los de abajo, a los que de por sí ya llevan la carga más pesada sobre sus espaldas.
Hablemos claro y a calzón quitado : ¿Es cierto que en Cuba tienen localizado y chequeado a todito el que vive en la isla? Claro que sí, es innegable. Pero, ¡un momento! ¿Acaso no pasa exactamente lo mismo en Estados Unidos y en un montón de países desarrollados? En Norteamérica y en Europa los gobiernos saben hasta a qué hora saca usted la basura, qué compró en el supermercado con la tarjeta y dónde está parado su teléfono en este preciso segundo. Aquí es donde brinca la hipocresía descarada del discurso político. El control social y la vigilancia masiva solo son "malos" y "dictatoriales" cuando los aplican países de izquierda. Ahí sí brincan los analistas en la televisión, los periódicos sacan portadas alarmistas y los señores de saco y corbata se llevan las manos a la cabeza clamando por la libertad. Ah, pero cuando la misma vigilancia, la misma georreferenciación y el mismo control lo ejercen los grupos de derecha para su propio beneficio económico y político... ¡mágicamente la cosa cambia! En ese momento, lo que en un lado era censura y persecución, en el otro se convierte en una panacea, en modernización, en mana que cae directamente del cielo para mantener la "seguridad institucional". La doble moral a su máxima expresión: lo que en el vecino es dictadura, en mi casa es "orden y progreso".
Mientras los de arriba juegan al ajedrez geopolítico, los de abajo siguen en el mismo calvario de siempre. El censo pasa a ser una herramienta de doble filo: por un lado, le sirve a los políticos para saber a quién ir a apretar en las próximas elecciones y a quién condicionarle la bolsa solidaria o el bono; por el otro lado, le sirve al sistema financiero para caerle encima al ciudadano que apenas logra juntar para los frijoles y la masa. Es trágico ver cómo el ciudadano de a pie se deja llevar por el miedo que le meten en los medios de comunicación. Le metieron tanto pánico con el cuco del comunismo, le dijeron tanto que venían a quitarle la casita y el carro, que no se dio cuenta cuando, por la puerta trasera, la derecha recalcitrante le instaló el mismo sistema de control, pero empaquetado con cinta de regalo y discurso de libre mercado. Los sátrapas de turno cambian de color, de bandera y de eslogan, pero el método de sometimiento sigue siendo exactamente el mismo: Asustar con el fantasma ajeno para que la gente no mire los robos del presente. Amnistiar a los socios del negocio mientras las cárceles se llenan de pobres. Controlar la información del pueblo para saber exactamente dónde apretar el tornillo cuando la gente quiera protestar.
Al final del día, lo que queda al descubierto tras la cortina de humo de este censo es nuestra tremenda incapacidad como sociedad para cuestionar a los que mandan. Nos conformamos con la versión oficial, firmamos el formulario del censista con una sonrisa nerviosa y nos consolamos pensando "el que no la debe, no la teme", sin entender que en este juego político la deuda la inventan ellos y el temor nos lo aplican a todos por igual. Las necedades que dijeron en el pasado los volvieron esclavos de sus palabras, sí, pero la factura no la pagan ellos en sus mansiones con seguridad privada. La factura la paga Juan Pueblo cuando le tocan la puerta para pedirle hasta el número de DNI de la abuela, con la promesa vacía de que "ahora sí viene el cambio". El censo ya está rodando y la maquinaria no se va a detener. La pregunta que nos queda hacernos en el barrio, en la aldea y en la colonia es: ¿hasta cuándo vamos a seguir sirviendo de peones en un juego donde las reglas las ponen los de arriba para amolar a los de abajo? Porque mientras sigamos creyendo en santitos de madera, nos van a seguir contando, georreferenciando y fichando... uno por uno.
Que piensa usted de esto?
MACH
26.08.26

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